jueves, 20 de noviembre de 2014

La muerte os sienta tan bien

Ah, la muerte ha de ser algo en verdad maravilloso, a juzgar por cómo hace buena incluso a la infragentuza más despreciable. Samaranch, Fraga, Peces-Barba, Suárez, Botín, Isidoro Álvarez... una retahíla sin fin de nombres que marcaron a una época y varias generaciones con el marchamo de la subnormalidad. Todos acumularon suficientes méritos como para ser descuartizados con tenazas candentes en vida, todos murieron cómodamente en su cama. Los lloró un nutrido séquito de plumillas a sueldo devenidos hagiógrafos. Y los que, mientras nos decían que no había dinero para tratarnos el reúma, veíamos la vida, los ferraris y los millones pasar —un 99%, según las últimas estadísticas— tuvimos que tragar con toda la mierda. No pocos —ese setenta y pico por ciento de la población que sistemáticamente vota con más sentido de Estado que el presidente de la patronal— lo hicieron con gusto. Alguno hasta se corrió.


Ahora le ha tocado el turno a esa horrenda abominación conocida como duquesa de Alba. Otra muerte patética que llega demasiado tarde, otra ola de reverencias póstumas en las columnas de los periódicos, otra eclosión de subnormalidad, de retardomentalismo.

¿Se acuerdan de cuando los «socialistas» colmaban de medallas a la finada? ¿No? Pues no fueron ni una ni dos. Consulten google, ese oráculo de la modernidad, y flipen pepinillos. El espectáculo de ese subresto de la era feudal siendo condecorado una y otra vez por unos tipos que, no por legislar para la Ceoe y el Vatikano renunciaron ni a la s ni a la o, pasará a los anales de la historia. Sin duda. Sólo queda ver bajo qué epígrafe.

Muerta está. Pero debería haber muerto antes. Y, sobre todo, debería haber muerto de otra manera.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Por qué el PP ganará las próximas elecciones

«Buah éso de que los pisos van a bajar lo llevo oyendo yo desde hace ni sé de tiempo». El equivalente inmobiliario de la hegemonía pepera resultó ser falso. No tanto como habría sido lógico, claro: en realidad los pisos siguen por las nubes, al menos si se los mide contra el poder adquisitivo de una sociedad sumida en una decadencia que ríete tú de la que pintaba Metallica en 1988. ¿El motivo? Básicamente la violación de las reglas del juego por parte de los poderosos, resumida en «si el merkado dice que lo tuyo baja, baja, mientras que si dice que baja lo mío entonces hacemos que intervenga el Estado Opresor, ése al que normalmente acusamos de no hacer más que inmiscuirse en nuestros negocios el muy joputa».

¿Delito? Yo no veo ningún delito
¿Qué era lo que alimentaba la subida imparable del precio de la vivienda, cada vez peor construida y aderezada con una infinita variedad de balconeras ridículas, a cada cuál más cutre y de vida útil más corta? El crédito. Cantidades colosales de dinero transferidas de los bolsillos de los otrora menestorosos trabajadores alemanes a sus bancos, para después ser canalizadas hacia el país tonto y pobre del sur de €uropa en forma de préstamos, a corto plazo en origen y a larguísimo en destino. Una vez se cortó el chorro los precios de la vivienda fueron incapaces de seguir subiendo.

¿Y qué fluido, qué fuerza vital alimenta el poder absoluto del PP? ¿En qué fountainhead tiene su origen el chorro de votos que, elección tras elección, otorga un poder omnímodo a la formación ultra? ¡Pues en la subnormality, joder! Diez millones largos de retrasados mentales se citan puntualmente cada cuatro años para darle su voto al PP a la salida de misa, ya llueva o haga sol. Y ésto, amigos, no es como el crédito, que tarde o temprano se seca. El mongolismo, salvo muy raras y honrosas excepciones, se lleva desde la cuna hasta la tumba.

Menuda explicación, se dirán muchos. Y es que vaya falta de sofisticación, ¿no? El problema es que esta teoría burda, ramplona —el PP seguirá ganando hasta el fin de los tiempos porque la gente que los vota, que dependiendo de la zona oscila entre 1/3 y 1/2 de la población, es subnormal y no va a dejar de serlo— permite hacer predicciones fiables, mientras que las sofisticadísimas elucubraciones sobre el cansancio de los votantes, la tentación del castigo, el cambio del sesgo ideológico en función de la percepción del riesgo de descenso en la escala social, las bolsas de abstención etc no. En otras palabras: como teoría puede que no sea un reflejo exacto de la realidad, pero la realidad se comporta como si lo fuera.

Echen la vista atrás, hasta ese infausto 2003 en que los peperos caminaban sacando pecho, tan henchidos de orgullo que ni un pepitón pol kulo les cabía. La hegemonía cultural del PP, es decir, la aceptación por amplias capas de la población de los valores culturales de las clases superiores —soberbia, sumisión al fuerte, desprecio al débil, catolicismo, ignorancia, paletismo, grosería, mala educación, pésimo gusto en prácticamente todo— se fraguó en aquella segunda legislatura. Y su punto culminante, su defining moment, vino precisamente con la invasión de Irak. No por la satisfacción que en su fuero interno pudiera sentir un pepero al ver como la rojigualda estaba presente —si bien con una participación de caracter mucho más testimonial de lo que a ellos les habría gustado— en el bombardeo de unos individuos colectivamente denominados moros —ésto se da por sobreentendido— sino porque se habían salido con la suya. Ellos estaban con los poderosos, los demás eran unos pringaos que salían con pancartas a la calle. Nosotros, poder establecido. Ellos, ridícula oposición sin posibilidades.

La Espéin pepera se autocontempla satisfecha (representación alegórica)

Las gigantescas manifestaciones contra la guerra y el palpable malestar entre la población no-pepera por la decisión del Che Mari de alinear su país de mierda —Espéin— con las potencias genocidas de toda la vida —Yuesei, Pérfida Albión— llevaron a no pocos a pensar que ésta sí que sí. Era imposible que el PP pudiera ganar las siguientes elecciones, tal era el rechazo social que suscitaba... entre aquellos que nunca les habían votado. Mas, a medida que las elecciones se acercaban... ¡oh sorpresa! Hete aquí que las encuestas daban como ganador... ¡al PP!

El resto de la historia es bien conocido: el PP no ganó al final, pero sólo por su incorregible soberbia. La desgraciada casualidad de que vayan ustedes a saber qué servicio secreto decidiera activar su subcontrata low-cost en el peor momento no basta para explicar su derrota. Si en vez de empeñarse con lo de Eta el miserable Acebes hubiera salido a la palestra desde el primer momento a decir que han sido los moros que quieren acabar con nuestro estilo de vida y que los pisos valgan menos de euros, jos de puta tengan por seguro que no habrían tenido que estar ocho años aguantando a retrasados mentales que les decían que la culpa de todo la tenía zp.

Y si no les vale echen, echen de nuevo la vista atrás hasta ese vergonzoso mayo de 2011, en que una Comunidad Valenciana hundida, expoliada, paradigma de la corrupción a todos los niveles, volvió a dar el poder... al bien follao. Pero no un poder cualquiera, no: una mayoría absoluta. En el PP 2, que no se enteran de nada, no sé quién —tal vez la vice o la Chacón— sacudió la cabeza con pesar y dijo algo así como que los ciudadanos han entendido erróneamente que la corrupción les beneficia.

Ahora miren hacia adelante, hacia mayo de 2015. ¿Qué pasará? Depende de a quién le pregunten. Para el diario oficialista el PP se hundirá en la CV frente a la izquierda. ¡Ohhh! A ver a ver... ¡ostia! ¡Aquí en realidad pone que serán la fuerza más votada y podrán sacar hasta 32 escaños! ¡Man engañao! Así es, amigos. Y es que las cosas son lo que son, por más que existan palabras con capacidad para disfrazarlas. En La Marea son más realistas: una encuesta vuelve a dar la victoria al PP en el País Valenciano. Sí.

Saquen cuentas: en mayo de 2015 el PP será la fuerza más votada en una autonomía que han dejado como un erial con el que el mismísimo Queipo de Llano no se habría atrevido a soñar. Una comunidad quebrada y rescatada, con el futbol nacionalizado y la banca, una vez bien regada de dinero público, privatizada por cuatro duros. Un infierno de bloques caravista y playas madrileñas donde lo único que prospera son los pinchos blancos de las monstruosidades de Telaclava. En otras palabras: un triunfo total, absoluto, un chorretazo de lefa en la jeta de la ciudadanía no-subnormal. ¿Qué profundo análisis les parece que requiere la situación? ¿Qué matices esperan encontrar?

Frente a la pretendida sofisticación de ciertos pollaviejas, quien ésto escribe prefiere asumir la postura del gran Pedro Arriola, a todas luces el único que verderamente ha entendido la naturaleza del poder pepero, si bien se ha cuidado muy mucho de manifestarlo en público. Él sabe que el suelo electoral del PP, muy superior al techo de los demás partidos, lo marca el porcentaje de población subnormal. Y dicha población suma aproximadamente un tercio. En sociedades avanzadas como la murciana, la valenciana, la madrileña, la castellanoleonesa, la andaluza, la... se acerca a o incluso supera el 50%. En otros sitios hay porcentajes más moderados, y en las provincias rebeldes no digamos... sólo un 20%, ¡qué horror! Pero en conjunto puede decirse que es un tercio. Un tercio que tienen fijo, sin necesidad de hacer nada, o más precisamente, hagan lo que hagan. Sólo tienen que comerles un poquito la oreja a esos díscolos que tontean con formaciones de ésas que no son ni de izquierdas ni de derechas y la mayoría será suya. La absoluta. Porque la simple ya la tienen ganada antes de empezar.

domingo, 19 de octubre de 2014

Kárate a muerte en la Manga

En las profundidades marinas se encuentran los misterios más recónditos de nuestra historia, desde barcos hundidos en naufragios catastróficos hasta civilizaciones perdidas sin dejar rastro. Estos restos humanos conviven en el abismo con seres monstruosos. Uno de ellos es Jocántaro, el monstruo mitad pulpo mitad centollo, el monstruo que destruyó la Atlántida; un monstruo al que muy pocos han visto; un monstruo que dormita en la costa de Torremolinos esperando ser despertado.


Así comienza la monumental Kárate a muerte en Torremolinos. Pedro Temboury se esfuerza en condensar en poco más de una hora todos los elementos habituales de las películas de terror de serie B, junto con dosis ocasionales de violencia gratuita y sexo cutre y adolescente. El resultado, probablemente imprevisto, resulta ser un fresco de los temores más íntimos del hombre de la Era Global. El inductor es seguramente el mito lovecraftiano por excelencia, Cthulhu, que convenientemente fusilado a la andaluza adopta el nombre de Jocántaro. Si Lovecraft nos hablaba del miedo al inmigrante, al holocausto nuclear y a un pasado que tal vez fuera entrañable, pero que de puro remoto ha devenido siniestro, Temboury ahonda, sin saberlo, en los males de nuestro tiempo: la renuncia del estado a seguir ejerciendo su tutela sobre la vida pública, dejando vía libre a todo tipo de vividores y "emprendedores", y los cantos de sirena de aquellos embaucadores que proclaman el caracter redentor de la tecnología.

El argumento no tiene sentido, pero al menos es simple: el perverso y argentino doctor Malvedades resucita a cinco ninjas cuyos cuerpos reposan en el fondo del mar frente a Torremolinos. Lo que pretende es que le ayuden a secuestrar cinco vírgenes recién folladas que precisa para el ritual mágico que habrá de despertar a Jocántaro quien, casualmente y al igual que los ninjas, dormita en la costa de Torremolinos.

Como se trata de ninjas resucitados lo más lógico es que además sean zombies. Así se consiguen los ingredientes necesarios para un film de estas características: escenas de lucha (cutres) y gore (aun más cutre). Lo que Pedro quiere es, naturalmente, regodearse en la cutrería de las imágenes que nos ofrece, pero tanto las coreografías como los efectos especiales palidecen ante la cuidadosa redacción del guión. Y es que las palabras están elegidas una por una para imitar el estilo ampuloso de los narradores de las películas de misterio, de los noticiarios, de las alocuciones de los grandes hombres... mas el discurso suena completamente logsificado gracias a una serie de recursos —errores gramaticales y, sobre todo, colocaciones incorrectas e inversión de usos— manejados con increíble habilidad. Así, por ejemplo, al poco de comenzar, el doctor Malvedades les espeta a los ninjas con total naturalidad: ésta será nuestra guarida, esbirros. ¡Es genial!


Para construir el ritmo narrativo Temboury se ayuda de canciones, escenas de lucha y fragmentos de noticiarios y programas de televisión, en ocasiones con bastante torpeza. Por ejemplo, nada más concluida la intro que acompaña los créditos del comienzo —bastante larga—, sólo la citada frase del doctor Malvedades nos separa de la primera de las canciones. Saaanto, saaanto, saaanto es el surf. Llenas están las playas y las holas de su gloria. Benditos los que vieeenen a las playas del surf... En En un lugar de la Manga cometen un error similar. Allí la canción sirve para introducir al protagonista. Aquí en parte también, porque nos muestra al surfero católico Jess en su moto, camino de la playa. Antes de su sesión de surf diaria hace escala para visitar al padre Fernando, que preside la hermandad de surferos católicos de la que forma parte. «Surferos católicos contra el desmadre sexual», reza la pancarta frente a la que Fernando monta guardia no se sabe muy bien para qué.


    Hermano Fernando, Danuta me ha pedido sexo, y no es la primera vez.

El padre Fernando le responde con gesto severo:

    —Hermano Jess, romper tu voto de castidad sería como quebrar tu propia fé.
    —Pero entonces... ¿entonces qué hago?

El rostro del padre Fernando se ablanda para pronunciar el nombre de las tres nuevas virtudes teologales que habrán de preservar su castidad:

    —Valor, fortaleza... y paciencia.


La primera pelea sin sentido la protagonizan los ninjas zombies contra unos karatekas que, no se sabe muy bien por qué, se ponen como a entrenar en plena calle a las órdenes de un profe chino que al parecer no sabe nada de kárate. Previamente había sido secuestrada la primera de las vírgenes recién folladas. Ésto es suficiente para justificar el primer interludio: el programa televisivo del doctor Orloff —es difícil decir si la elección del nombre del representante de la GPU en Espéin durante la guerra civil es casual—, con dos ilustres invitados para la ocasión. Aquí la destreza del guionista para imitar el lenguaje balbuceante y mongólico de la Era Global resulta deslumbrante:


    —Yo quisiera un poco alentar el problemaa... me han dicho que hay fuerzas malvadas detrás de todo ésto. Usted que es un estudioso de las fuerzas malvadas, por favor, ¿puede contarnos algo sobre todo ésto?

Pero el subcomandante Bermuda —cabe suponer que sea un guiño al subcomandante Marcos— no parece tomarse el asunto demasiado en serio. Mejor probar suerte con el otro invitado al programa, que parece más formal:


    —Usted, señor Matías Pollo, tuvo una serie de fotos que dieron la vuelta al mundo, unos reportajes bastante aventureros, y de repente en uno de estos telerreportajes usted desapareció durante muchos años y ha vuelto ahora un poco aquí a Torremolinos de golpe a investigar. ¿Qué le pasó?

    —Pues estaba yo buceando en las profundidades abisales de la Carihuela buscando bestias marinas y mitológicas cuando mi bomba de oxígeno se rompió y me vi sumido hacia el fondo y sometido a presiones inhumanas, que me rompieron la columna por siete partes diferentes.

El doctor Orloff no puede sino sacudir la cabeza con pesar.

    —Tremendo, tremendo.

Cuando sale el tema de Jocántaro —es una de las leyendas que tenemos más misteriosas— el subcomandante Bermuda no puede evitar manifestar su escepticismo:

    —Cómo se les llena la boca a los torremolinenses cuando dicen Jocántaro.

Mas Orloff no se deja provocar e interpela a Matías Pollo, que responde con voth trémula:

    —Y si Jocántaro despierta ¿qué hará? ¿Qué podría pasar?
    —El caos. El fin del mundo tal y como lo conocemos.


Entretanto la asesora —según los créditos: comisaria de policía— Rosalie, caracterizada con un acento guiri de una cutrería a la altura de la ocasión, pone al día al alcalde durante una partida en el campo de golf:

    —Bien; según testigos tenemos un comando karateka muy peligroso. Se trata de unos ehhh karatekas desconocidos. Unos dicen que van, que son caníbales; los otros dicen que son espíritus malignos.

El alcalde no se conforma con éso. Quiere datos fiables y quiere una solución. La nerviosa Rosalie necesita su carpeta para mostrarle lo que ha encontrado, pero la excitación le impide encontrar las palabras adecuadas

    —Portfolio, portfolio

Así se dirige a Romerales. Éste, en uno de los momentos culminantes de la película le responde que

    —Sí, sí, folios.

y le alcanza la carpeta.


Aun si el presupuesto sólo hubiera dado de sí para rodar hasta aquí ya sería más que suficiente. Pero la película sigue, sigue. Pues Rosalie quiere presentarle a Chuck Lee: ex-marine, seis veces campeón del mundo de kárate. Mercenario. Cazarrecompensas.


Es decir, la busca y captura de cinco karatecas no se confía a las fuerzas de seguridad del Estado, ni tan siquiera al ejército: el ayuntamiento de Torremolinos contrata a un mercenario cuyo nombre es la fusión de Chuck Norris con Bruce Lee para resolver un problema de orden público. El mensaje está claro: en la Era Global el estado ya no es capaz de ofrecer a sus ciudadanos la protección que necesita. La defensa frente a la amenaza ninja ha de proporcionarla el sector privado. Este mensaje lo refuerza el alcalde tras ver cómo Chuck —que ha venido desde Estados Unidos en helicóptero— acogota a uno de sus asesores:

    —Joder, por fin un hombre eficiente. Si toda la policía fuera como usted en Torremolinos no pasaría lo que está pasando.


La acción da paso a la siguiente escena, en la que vemos a Jess en la playa. Allí está Manolo, que parece ser el típico jincho que va por ahí intentando conseguir cigarrillos y bebida gratis. A Jess le pide una calada de su porro.

    Tú sabes Jess, tú eres el único que me trata como un ser humano. Y por éso te voy a contar la leyenda de Jocántaro. Antes que los hombres dominaran estas tierras existió una raza de temibles guerreros acuáticos, los mismos que acabaron con los dinosaurios. Y el más temible de todos estos seres vivía aquí, en estos arrecifes. Me recuerdo hasta hoy los cuentos de mi abuela sobre estos... monstruos. En sus correrías nocturnas contaban más de cientos como sus víctimas. Lo llamaban la noche de Jocántaro.


Un primer plano del rostro de Manolo con sus ojos iluminados por pupilas de gato deja al espectador sumido en profundas reflexiones —¿antes de que dominaran aquellas tierras? ¿Su abuela vivía entonces?—, para sacudirlo brutalmente poco después. Pues lo que viene es nada menos que una entrevista con Chuck Lee para Tele Torremolinos. El ex-marine, karateka y mercenario resulta ser un hombre de pocas palabras:


    —Puedo decir que he venido para matar a esos hijos de puta; es para lo que me han contratado y nada más.

Pero ¿quién es Chuck Lee? ¿De dónde viene?

    —Vengo de Estados Unidos mas, no importa. Sé a lo que vengo, y éso es suficiente. Vengo a matar a esos hijos de puta, ¡quita!


Tal es el ímpetu guerrero y el afán de justicia de Chuck que no puede evitar mandar a paseo al reportero para liarse a patadas y puñetazos... al aire. Lo que la policía no ha logrado en todo este tiempo lo consigue él poco después, sin esfuerzo aparente: pillar a los dichosos karatekas zombies con las manos en la masa:


    —¡Soltad a la chica, hijos de la puta!


El fin de Chuck Lee es más que previsible. Lo que ya no lo es tanto es la deliciosa incongruencia que supone su cabeza cortada sosteniendo una cinta VHS. Tal regalo le remite el doctor Malvedades al alcalde. Uno no se explica de dónde sacan en el ayuntamiento el reproductor necesario para reproducir esa reliquia del mundo preglobal. El vídeo en sí es bastante decepcionante y muestra al doctor Malvedades diciendo básicamente nada. Se despide así:


    —Adios, seres despreciables.

El alcalde pide ideas, pide soluciones a sus asesores. Uno de ellos se ha fijado en un anuncio en prensa del doctor Orloff:

    —Yo, como consejero de crisis locales de alto rango, aconsejo acudir a un especialista en la lucha contra el Mal.


Una vez más la autoridad pública no puede aportar una solución. Los asesores de alto rango sólo son capaces de delegar, de subcontratar. Es el declive del estado y su sometimiento a las reglas de los negocios privados. El mensaje es muy claro y queda aun más reforzado con las palabras del alcalde:

    —Tenemos problemas de cancelaciones hoteleras. Los casinos están vacíos. ¡Ah!, sin contar con la imagen exterior que estamos dando. Ah, y luego está el problema de estas chicas... pobrecillas.


La moderna tendencia a gestionar los ayuntamientos como si de empresas privadas se tratara queda así hermosamente retratada. Si un negocio privado atraviesa dificultades es algo que nos incumbe a todos. Tenemos problemas. Las consideraciones económicas —beneficios privados— adquieren preponderacia sobre todo lo demás —esas chicas... pobrecillas.

El doctor Orloff, al igual que lo fuera Chuck, no tarda en ser contratado:

    —Hola, buenos días, soy el doctor Orloff. Ya me han comentado los funcionarios de qué trata el problema y he venido a solucionarlo. Éste es un aparato revolucionario, el Orlophone, que nos ayudará a combatirlo. Actualmente todavía no está en ensamblaje final pero todo señala que será un éxito.


En un giro genial cargado de un alto simbolismo el alcalde asume con total naturalidad la conveniencia y necesidad del Orlophone. La solución a los problemas viene dada por la tecnología. Lo que hay de cuestionable en Orloff no es su aspecto, no es su discurso, no es su florete de espadachín ni su ridículo artilugio mágico: es la falta de disponibilidad del propio cachivache, cuya necesidad e infalibilidad se dan por supuestos:

    —¡Esto es el colmo! Yo en el hoyo dieciocho, tres hoyos bajo padding y pateando para verde, ¿y me traeis al colgado este que ni tiene preparado el instrumental ni nada? ¡Qué falta de profesionalidad!


La presión del time to market trasciende así el mundo empresarial para revelarse un elemento inherente a la modernidad. Pues en la Era Global todo tiene que ser rápido, instantáneo. Cuando en la mente de un consumidor o de un directivo de una empresa se instala un deseo ha de ser satisfecho ahora, ya, ipso-facto. Las noticias tienen una caducidad inmediata, los conocimientos revisten utilidad durante un período sólo un poco más largo y enseguida devienen desechables. En estas circunstancias ¿a qué dedicar largos años al aprendizaje de un arte marcial oriental? Mucho más lógico es que el espíritu Amiyaki se les manifieste a los miembros de la hermandad de surferos católicos y los prepare para la terrible confrontación con las fuerzas del Mal que se avecina:


    —Yo soy el espíritu más preclaro y visionario de todos los tiempos. Amiyaki, o sea yo, yo os enseñaré en veinticuatro horas todos los secretos del kárate.


Es decir, los espíritus se caracterizan por ser preclaros y visionarios. Y Amiyaki es, casualmente, el más preclaro y visionario de todos. En cierta manera así ha de ser, si en veinticuatro horas sus inusitados discípulos han de aprender todos los secretos del kárate.


Y vale más que se den prisa, porque Danuta —una hermosa mulata, aunque su nombre sea polaco, su madre andaluza y su apellido ni se sabe— una mañana se despierta sedienta de sexo y no puede soportar más tiempo la carga del voto de castidad de su novio Jess —hasta los veinticuatro años nada menos. Secuestrada por los karatekas nada más recién follar, pasa a completar el elenco de vírgenes que precisa el doctor Malvedades para consumar su invocación a Jocántaro. El nuevo secuestro sacude a la localidad y el alcalde tiene ocasión de presentarse ante los vecinos para dar explicaciones:


    —La culpa de ésto la tiene la droga. La droga y el gobierno central. Sí. Pero yo... he buscado una solución. Y la solución está en el doctor Orloff. Y él se encargará de erradicar el crimen en esta ciudad.

El doctor Orloff toma la palabra:


    —Debo de deciros que nuestra pequeña Danuta Vollgiven es un producto de las ansias megalómanas de un doctor malvado. He venido aquí a solucionarlo. Y gracias a este aparato —no se impresionen demasiado, es el Orlophone, un aparato especialmente diseñado para luchar contra la maldad— lograré acabar con el peligro y la desolación que imperan en esta ciudad.

La invocación a Jocántaro del doctor Malvedades que presenciamos a continuación es demencial:


    —¡Oh Jocántaro! Te ofrezco estas chicas como ofrenda a tu poder; cinco vírgenes adolescentes te enterraron en el mar, cinco putas adolescentes te liberarán. ¡Oh Jocántaro, sal de las profundidades!

Y aún añade ¡Gabba! ¡Gabba! como fórmula de invocación —¿homenaje a los Ramones o a la música industrial?


Al final todos resultan decepcionados. El Orlophone los guía a duras penas hasta el doctor Malvedades, pero no sirve de nada. Malvedades se sale con la suya, pero sólo para caer víctima de Jocántaro al más puro estilo lovecraftiano —los adoradores de los primigenios también perecen a sus manos (o fauces, o garras) cuando triunfan en su propósito de despertarlos. Jess no consigue consumar su cópula con una Danuta convertida en zombie. El único triunfador es Jocántaro, que liberado de las profundidades se entrega viciosamente a su tarea de destruir el mundo. Como seña del fin de los tiempos, y para que todo sea más terrorífico y más serie B, unos extraterrestres hacen su aparición y los muertos salen de sus tumbas. Tales eventos nos muestran los títulos de crédito acompañados por una delirante canción de Doctor Explosión.


Es un monstruo juguetón con ansias de matar, su poder de destrucción amenaza la ciudad. ¡Jocántaro!


Mas al final sólo Jocántaro prevalece.


Mitad pulpo y centollón, este horrible animal... tiene un aire muy guasón, pero te asesinaráaaa... ¡Jocántaro!

miércoles, 15 de octubre de 2014

Flo Rida y la utopía Shore

La necesidad de hablar del que sin duda es el mayor artista occidental de los últimos 2000 años se hace imperiosa. Por suerte para la humanidad sus canciones del verano han quedado plasmadas en vistosos videoclips de alta definición que nos exhortan a practicar un estilo de vida global basado en la conducción de deportivos, la práctica de deportes de riesgo y la celebración de fiestorras multitudinarias plenas a rebosar de tías buenorras; y huelga decir que en el universo posmoderno de sus temazos la realización de vuelos intercontinentales es el pan nuestro de cada día. Quien tras el visionado de estos prodigios no sienta que también es joven y millonario, miembro de pleno derecho de una comunidad global de no sé qué, es porque no va bien follao.


Los iconoclastas de siempre intentarán ningunear la obra de Flo con objeciones de más bien poca chicha. Después, con una sonrisa de suficiencia, bastará con ponerles en el YouTube el fastuoso —aunque lamentablemente ya caduco— The Club can't Handle Me para que sus prejuicios pequeñoburgueses salten en pedazos al tiempo que la verga se les endurece ante un arrollador despliegue de riqueza, ingenio, juventud, energía y minifaldas.


Flo y otro colega que no vuelve a salir en todo el vídeo llegan en sendos deportivos al club donde se celebra una fiestorra en la que pincha David Ghetta. Ahí los vemos bajándose del coche con rostro grave, sus ojos ocultos tras unas gafas de sol, aunque sea de noche, y con un fajo de billetes en la mano que no dudan en arrojar a lo alto. A cualquier otro mortal, incluido Pablo Escobar, los billetes se le habrían soltado de una manera más o menos torpe y habrían tocado el suelo rápidamente, sin pizca de gracia. ¡Pero no a Flo! Para nuestro deleite los billetes forman una nube y descienden lenta y gracilmente al suelo, titilando como mariposas, en un momento mágico que curiosamente nadie se apresura a romper intentando cogerlos. ¡Es la alquimia de la Era Global!


Flo, que lleva tantas cadenas y oro como M.A., nos canta una introducción a coro con una chica que no sale en los créditos, y luego no duda en zambullirse en el tema. La fiesta se anima, las tías macizas botan sin parar, Flo rapea incansable mientras se marca los típicos ademanes raperos o salta sobre un pie al tiempo que desgrana una letra que habla de cómo a las chorbas se les mojan las bragas en cuanto huelen perras. Così fan tutte!

Las imágenes de rapeo y fiestorra se alternan con fragmentos de Step Up 3D, ese triunfo de la industria cultural de la Era Global. La coreografía de los peones camineros se intercala con la pelea-danza minuciosamente coreografiada de la pareja protagonista. Son momentos de una intensidad tan abrumadora que posiblemente se nos pasará por alto el mensaje para cuya transmisión están concebidos, a saber: el ansiado —por según quiénes— fin de la lucha de clases, escenificado con la reconciliación entre la aburguesada juventud urbana, que sólo piensa en divertirse, y las hordas proletarias que construyen las autopistas por las que circulan sus cochazos, sellada en impactantes imágenes rebosantes de energía; mucha más, desde luego, de la que es realmente necesaria, pues como todo el mundo sabe todo éso de la lucha de clases no es sino una categoría anticuada, caduca, un dinosaurio que, al despertarnos tras una breve siestecita, ya no estaba allí.


El fiestón avanza hacia su clímax, las cañerías revientan, las vesículas seminales no pueden soportar una tensión que se hace incontenible y fluye el champán, fluye un líquido blancuzco que lo inunda todo mientras la gente no para de botar y los bailarines plastificados de Step Up 3D se marcan el número final. Es grandioso, es espectacular, es una Gesamtkunstwerk, una obra de arte total. Flo no necesita que Adorno le escriba las canciones: le basta con su talento, su poderoso nabo y una licencia de Pro Tools.

En The Wild Ones nos teleportamos a uno de los escenarios más emblemáticos de la industria del entretenimiento en la Era Global: Dubai. Todo empieza con impactantes vistas aéreas de sus prodigios arquitectónicos, sobre los que Flo y compañía no tardan en saltar en paracaidas. Esta fiesta es más íntima: Flo, sus colegas y una cohorte de tías buenorras. Después vienen las típicas actividades lúdicas al aire libre: caballitos en motocicleta, conducción de quads, de lanchas... con el temazo sonando de fondo y Flo como animándonos a disfrutar de la fiestorra, cosa que por supuesto hacemos más convencidos que ni pa qué. ¿Acaso tenemos opción? La cámara se detiene unos instantes sobre la motranca que conduce para mostrarnos el logotipo de Bmw. Todo un gesto de humildad por parte de Flo. Es difícil decir por qué elige esta marca más bien proletaria en lugar de otra más glamourosa. ¿Tal vez porque le paguen por ello? Pero no, no tiene sentido. El verdadero motivo ha de ser necesariamente más profundo, más complejo.


Si The Wild Ones es espectacular no es tanto por el escenario como por sus mujeres: porque están más buenorras de lo que es habitual en sus videoclips —y es fácil imaginarse que el listón está alto— y porque son todo bellezas latinas y afroamericanas, incluyendo por supuesto a la propia Sia con la que canta a dueto. The Wild Ones es una utopía racial. No importa el color de tu piel, tú también eres joven, millonario y miembro de una comunidad global energética, de buen gustazo, que sabe divertirse y disfrutar de la vida. Y éso aunque estés pasando más hambre que Carpanta en un suburbio de SW L.A. que apesta a krakk.




Y así, poquito a poquito, llegamos a lo que es la culminación de su magna obra: el hit mundial Good feeling, que nos alegró el vigésimotercer verano de la Era Global. La arrogancia intelectual llevará a no pocos a desecharlo como un subproducto de la industria del entretenimiento, pero los que tenemos un poco de olfato para estas cosas y no nos dejamos engañar por la engañosa simpleza de las cuatro notas de siempre que se repiten sin parar sabemos que, para apreciarlo, hay que sacudirse los prejuicios y tener muy presente el vídeo, que no es disociable de la música.


En él vemos al buenazo de Flo, de Miami a París y vuelta. Dicen que Roth se movía entre las capitales del imperio austrohúngaro como Pedro por su casa. Flo tiene tan poco pelo como él, pero mucha más sofisticación y mucho mejor gusto en materia de mulheres. En este imprescindible videoclip Flo va, viene, usa tablets y smartphones, hace footing por una carretera abarrotada, festea, rapea, boxea como en una xilografía de Masereel, pero luego no le da yuyu existencial ni nada de éso. Y si le da, pues siempre hay tiempo para el relax: memorable la escena en que, embutido en su albornoz, se levanta de la cama del hotel de lujazo donde se aloja y cierra la tapa de la biblia que ha estado leyendo, con cara de convencido. ¡Ésto sí que sí, joder! No es difícil entender por qué este es el tema que eligieron para presentarnos al gran Labrador en el primer episodio de Gandía Shore, aunque olvidaran hacer mención de él —el subtítulo era un escueto Puerto de Sagunto (Valencia). La espanis franquicia, la matriz global, un mismo estilo de vida, una misma filosofía. Es un nuevo mundo con dos kojones en el que todos somos jóvenes, millonarios, y conducimos mejores cochazos y nos follamos mejores tías que el vecino. Que también es joven y millonario. ¿Entienden?

martes, 14 de octubre de 2014

En un lugar de la Manga

Descubro con satisfacción que uno de los paraísos naturales más emblemáticos de la region panoche es el escenario en el que transcurre la acción de una película desconocida y portadora de un simbolismo singular: el de una época dorada y pretérita que prefiguró, con mecanismos más bien toscos, lo que serían los rasgos característicos de otra época, a día de hoy menos pretérita, pero sin duda mucho más dorada. El boom de la konxtruxión que tuviera su comienzo en la victoria triunfal del Partido del Progreso y que se prolongaría durante 12 años de paz tiene sin duda en la visionaria En un lugar de la Manga una curiosa precuela.


Dirigida por Ozores y con figurantes de lujo como José Luis López Vázquez, Gómez de Bur, Gracita Morales y Concha Velasco, esta comedia musical resulta ser un fresco del desarrollismo de los años 70 auspiciado por los tecnócratas del Opus. El singular Manolo Escobar como protagonista y los posteriormente devenidos fascistas ultraconservadores Tip y Coll como terciarios completan un reparto específicamente concebido para que en una película ambientada en la Manga no se oiga ni un triste 'acho.


El argumento es sencillo: una poderosa constructora madrileña planea ampliar su complejo turístico-residencial en la Manga del Mar Menor. Todos los dueños de terrenos están deseando vender, salvo uno: un hombre mayor cuya renuencia, en principio no insalvable, se ve reforzada por la intransigente actitud de su hijo Casimiro (Manolo Escobar), un español de tomo y lomo que no está dispuesto a deshacerse de su finca (El Carro), a la que le unen poderosos vínculos sentimentales y donde tiene su fábrica de guitarras españolas.


Lo malo de El Carro es que se encuentra justo en el punto de paso hacia la zona de expansión. La empresa tiene 15 días para convencer a Casimiro de que venda o de lo contrario perderá las cantidades adelantadas a cuenta a los dueños de los otros terrenos, que por su inaccesibilidad resultarían inservibles.


En esta tesitura el histriónico gerente de la empresa (J.L. López Vázquez) se dirige hacia la Manga para ejercer presión. Le acompañan el infeliz y al mismo tiempo mezquino —después nos enteraremos de que ha estado pillando comisiones— empleado encargado de las compras de terrenos (Gómez de Bur) y su improbable novia, una jovencísima y atractiva Concha Velasco. Esta es una parte inverosímil —las mulheres buscan poder en los hombres y Gómez de Bur interpreta el clásico papel de pringao que realizaría a lo largo de toda su carrera— pero previsiblemente necesaria para explicar por qué una chica como ella habría de liarse después con un andaluz carca y con entradas que la mitad del tiempo habla en canciones.


El devenir de la película es fácil de imaginar: Concha Velasco intentando camelarse a Manolo Escobar para que firme, escenas rocambolescas con Gracita Morales y suecas rubias en busca de sol y latin lovers, canciones por un tubo. Sobre todo impactan las imágenes fantasmagóricas de una Manga todavía semivirgen, con sólo unos pocos bloques de veinte plantas, todavía perceptible en su calidad de secarral inmundo.


Los protagonistas —ya sean Gracita y Concha haciéndose confidencias o un Manolo caido en desgracia proclamando su españolidad al mundo entero, es decir, a toda Espéin, habida cuenta del público potencial de la película— aparecen en ocasiones superpuestos sobre este fondo, y no resulta fácil decir si Ozores nos lo muestra de manera casual o con alguna intención.


Porque el mensaje es sin duda poco correcto para los estándares de aquella época (y no digamos para los de la nuestra). Las fotos de la Manga inconstructa recuerdan poderosamente a las del Dubai de comienzos de los 80, todavía no convertido en un hub global de blanqueo de dinero, y constituyen el recuerdo de un mundo cuyo fin fue saludado con alegría por una oligarquía de banqueros y promotores elevados a la categoría de prohombres.


¿Es éso lo que quería Ozores? ¿Guardar esas imágenes para la posteridad? ¿O simplemente criticar la destrucción de toda aquella belleza —los secarrales poblados con hierbajos agonizantes pueden ser representaciones mentales de la belleza, sí— condenada a ser reemplazada por moles de hormigon con barandillas blancas?



Ambas cosas son posibles; la incorrección de Ozores, no obstante, no acaba ahí: cuando López Vázqueth y GdB visitan el taller de guitarras de Casimiro —que, si hemos de hacer caso a la canción que nos encasqueta justo al principio, tras los créditos, es un hombre pobre y sencillo— nos enteramos de que tiene dos empleados (Tip y Coll), que fabrican ocho guitarras a la semana y que si el jueves ya han acabado el viernes ya no trabajan. Atención. Ocho guitarras bastan para dar de comer a tres personas en estaa fabulación ozonírica.


«Podríamos fabricar más pero ¿para qué?» Conchita, en su encarnación del capitalismo desarrollado y lagartón intenta convencerle en vano de que venda su terreno para así tener más empleados, dar de comer a más gente y ampliar la producción.


Item más: Vázquez y Gdb intentan tenderle una trampa a Manolo. La trampa de las deudas. ¿Les suena? Como lo oyen: treinta años antes de que el endeudamiento masivo vinculado a la propiedad inmobiliaria hiciera posible que una cantidad de dinero sin precedentes cambiara de manos, Ozores nos pinta a un desesperado gerente ofreciéndole crédito a un pobre infeliz para lo que quiera. Por supuesto que con intereses ventajosísimos y a devolver en cómodos plazos.


¿Cómo hacer que cuele una visión no-apologética de la promoción inmobiliaria? ¿Cómo impedir que la censura cargue contra ese ataque a la ética del trabajo? Pues muy sencillo: intercalando cada pocos minutos canciones que constituyen una exaltación del españolismo más rancio y subnormal. El verdadero papel de Manolo Escobar es ése, y no otro: hacer posible que el tinglado cuele. Si Berlanga tuvo que ingeniárselas para relegar a un papel secundario a la gran Lolita Sevilla, Ozores supo maniobrar todavía más ágilmente por la vía contraria: Manuel es el prota, y cabe suponer que gracias a él, a sus pintas y a sus infumables canciones la película pudo pasar el filtro de la censura phranquista como si nada.

 
«En mi larga vida de negocios he tenido que tratar a menudo con tipos difíciles, pero en estos tiempos que corremos... todos tienen su cifra» La respuesta de Manolo, preludio de una legendaria canción, no se hace esperar: «Yo no; yo soy español, y antiguo»

 
Señores, yo soy un hombre del siglo XX pero español, que es tanto como reirse del mundo entero menos de Diooox y así sigue un buen rato. Apologías del subnormalismo como ésta se suceden ora en forma de canción, ora de diálogo, ora de reflexión. Y así, con una de cal y otra de arena se llega al clímax antes del final feliz en el que todos (por supuesto que incluida la constructora) salen ganando y ninguno perdiendo: con la ayuda de Conchita consiguen distraer a Manolo y su padre firma. Con 'El carro' ya en su propiedad López Vázquez se dirige a la finca encabezando una procesión de obreros con maquinaria de demolición. Frases pronunciadas con una sonrisa de lunático ilustran al espectador sobre el carácter total del principio de propiedad:

¡La he comprado con todo... hasta las hormigas son mías [...] el polvo, las florecillas, todo es mío!


Y ante la renuencia de los obreros a ejecutar la orden de derribo —algo que afortunadamente para las clases propietarias del siglo XXI no ocurre— él propio Vázquez se sube a la Caterpillar pertrechado con un casco de obrero para efectuar la demolición él mismo al más puro estilo israelí.

En la última canción el españolismo sirve de nuevo para atemperar una crítica a la estrategia opusina de desarrollo mediante el turismo:

Quiero recordarles a todos los presentes que el turismo, a más de divisas, trae inconvenienteeees...

Impagable.