domingo, 23 de marzo de 2014

Crónica de una muerte subnormal anunciada

Ha sobrevenido, de repente. Sin aviso, sin que nadie lo esperase. ¿La muerte? No hombre no: la narrativa. Una operación de lavado de imagen —de una ¿persona? sí, pero sobre todo de un régimen, y no el del 18 de julio precisamente— tan de libro que uno no sabe si dar crédito a sus ojos. A sus oídos. Es poco habitual experimentar algo así: las grandes campañas de propaganda subnormal por lo general pertenecen a un pasado legendario, rara vez se desarrollan ante nuestros morros. Pero en este caso así es.

El artífice de todo el asunto: un subnormal++ gromenauer, miembro del Partido Popular —el partido del mongolismo, de la subnormalidad, por si alguien a estas alturas todavía no se había enterado—, que alerta a todos los medios con la gilipollez de que la muerte de su padre es inminente. Con dos cojones. Ni siquiera se espera a que la palme, como se hizo en su día con otros fascistas mediocres y más o menos sanguinarios como Samaranch o Fraga.

Cabe esperar que se sorprendería mucho si por un azar de la vida se enterara de que, por más portadas que le dediquen los medios de la gente de bien, por muy agradecidos que le estén por darles algo con lo que rellenar el incómodo vacío que deja la sabia decisión de dejar de informar sobre las columnas que se dirigen a la capital del reino mongólico y taurino, a la gente normal le importa un pimiento que se muera su padre. ¿Cómo, qué?

Sí, como suena. Porque a la gente normal la han echado del trabajo, de la casa cuya hipoteca ha de seguir pagando hasta la muerte, del excelso grupo de gente de bien que celebra bodas y bautizos* y vota PP conocido como clase media, y tiene sus propios problemas. Entre ellos, con toda seguridad, la muerte de parientes que, pese a no haber protagonizado la legitransformación de un régimen hijodeputa en otro subnormal —o precisamente debido a ello—, no aparecen en ningún noticiario. Oficial. Del régimen.

Al ansia de este mediocre por relegitimar los huesos podridos de un régimen que, aunque todavía todopoderoso, ya no es capaz de ocultar el olor a mierda, le debemos el habernos enterado de sus maniobras para ser nombrado duque o de sus pinitos en el toreo. ¿Es que a alguien puede sorprenderle, después de que el infame El País le otorgara el, atención, premio Ortega y Gasset por una foto en la que sale el comisionista putero con la mano en la espalda del forjador de consensos? Pues sí, hay a quien le extraña... porque aunque la foto no sea gran cosa, pone en duda que sea capaz de manejar una cámara.

¿Y ahora? Pues nada, que todos los medios del régimen se están volcando ya furiosamente en hagiografías y exaltaciones del finado y de su obra, a saber: el estupendo marco legal y de convivencia que disfrutamos como resultado de ese milagroso y sacrosanto proceso conocido como transición.

Pos pa transición la de Juan Romero, me dirá alguno. Ya.

* Esta bonita expresión es prestada