lunes, 28 de abril de 2014

El drama de los vulgares

Menudo gustazo leer la carta del director de la edición post-sardina de La Verité Panoche, plenamente inscrita en la ya larga tradición de «concepto del ideario progresista que se redefine para darle un aire de respetabilidad a la mentalidad más carca». Esta vez le ha tocado a la tragedia de los comunes, ya saben, esa construcción teórica que describe cómo el comportamiento perfectamente racional ‒c'est à dire, egoísta‒ de un conjunto de individuos puede llevar al agotamiento de un recurso que resulta vital para su supervivencia, y que postula que, ante determinados problemas ‒básicamente todos los negados como tales por la mentalidad reaccionaria‒, la única solución posible no es técnica, sino ética. Ya sea la flora, la fauna, los acuíferos, el calentamiento global... o la hegemonía pepera. Sí, sí.

Es verdad que después de 19 años de hiperliderazgo, la marcha de Valcárcel arrastraba el riesgo de luchas intestinas por el nuevo reparto de poder. De hecho, la designación de Alberto Garre como presidente se interpretó como una vacuna para mantener la cohesión del partido tras verse frustradas, por distintos motivos y al menos momentáneamente, las aspiraciones de Pedro Antonio Sánchez y Juan Carlos Ruiz. En la búsqueda de esa paz interna, ambos cohabitan ahora en el Gobierno en un plano de aparente equilibrio, como el que muestran Garre y Valcárcel en la bicefalia del Ejecutivo y del partido. A la vista de lo que públicamente se aprecia y de lo que consta que sucede soterradamente, esa múltiple convivencia armónica es más aparente que real. Cuando merodea tanto gallo en el gallinero marcando territorio, tanto cabreo matutino por declaraciones con doble o triple lectura y tanta filtración interesada, lo habitual es que la concordia se diluya más pronto que tarde. Como se descuide, el PP regional puede acabar reviviendo la ‘tragedia de los comunes’, esa vieja parábola sobre un grupo de pastores que compartían un pasto hasta que se agotó porque al final actuaron en función de los intereses cortoplacistas de cada uno. 

Traducción: la inquietud en el PP post-Valki por ver quién pilla más puede desembocar en el hundimiento de ese chollazo ‒para los cargos peperos, pero también para la societé panoche en su conjunto‒ que es el PP murciano, ese partido tan nuestro y tan entrañable que tantos Glory Days le ha proporcionado a La Región por antonomasia. El lector haría bien en sacudir la cabeza con gesto de preocupación y rezar porque se pongan a remar todos a una, a aunar esfuerzos, como diría cualquier buena señora a la que le preguntaran en el merkado por soluciones para la grave crisis social.

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