domingo, 27 de abril de 2014

Realpolitik para buenrrollistas

Año 2003: corren malos tiempos para la lírica en ese gigantesco circuito de acumulación de capital y de F1 llamado Espéin. Hace tres años que el ridículo presidente debería haber sido derrotado en las urnas y sin embargo ahí sigue, invadiendo países tercermundistas y fumándose puracos en los despachos de los poderosos al tiempo que las masas lo aclaman. En la patronal de la konxtruxión y la hostelería se frotan las manos ante una ola de calor de las de derretir las piedras que le jode la vida a la gente normal y beneficia sus negocios. Los de la hindustria kultural, por su parte, empiezan a machacar partout con Eimi Guainjaus y la madre que la parió, aunque por suerte ese año Napalm Death se abstienen. Algo es algo.

La editorial falangista Destino decide aprovechar este marco apocalíptico para poner en marcha la operación Nogales, un dispositivo propagandístico destinado a revestir de respetabilidad la figura y la obra de destacados adalides de la burguesía, los grandes propietarios, la iglesia, la monarquía y el fascismo. ¿Su figura y su obra? No: en realidad lo que se pretende reivindicar no es el talento o la relevancia —en algunos casos más bien modestitos— de determinados plumillas sino la legitimidad del régimen del 78. ¿El mecanismo? La denigración de los aspectos progresistas de la segunda república, malísimos, que por contraste con el hay que ver qué bien estamos ahora ha de servir de barnizado a un sistema basado en que sigan mandando los de siempre, pero de buen rollo.

La publicación del infame volumen Cuatro historias de la república marca el punto de partida de una operación a cuyo desarrollo todavía estamos asistiendo. Cuatro "historias" y cuatro prologuistas de postín, cuatro, duchos en los malamarismos necesarios para hacer pasar por presentable lo indecente y convencernos de que los prologados son la ostia. ¿Que si enrojecen al reconocer abiertamente cosas como que, por poner un ejemplo, el furibundo antirrepublicanismo de Camba se debía a que no le habían brindado la oportunidad de iniciar una carrera diplomática? ¿O que comía de la mano del buenazo emprendedor de March? Pues no. ¿Por qué iban a hacerlo? Esto es Espéin, corre el año 2003 y el PP tiene mayoría absoluta. Fora complexes! No importa que tengamos delante las páginas en las que el repugnante Chaves Nogales le insiste al general al mando de la represión en Asturias en si no habría sido mejor idea acantonar primero las fuerzas necesarias para entrar a saco y matarlos a todos: leemos a Trapiello ensalzar el agudo seso de alguien que se exilió porque le salió del pijo, no porque fuera realmente necesario, y nos sentimos reconfortados. «Jó, ésto es la polla» pensamos to convencidos. Y llegado el momento votamos a una cualquiera de las fuerzas constitucionalistas. Sí.

Destino abundaría en el tema en años posteriores con la publicación de las crónicas parlamentarias de Pla o las Meditaciones en el desierto de Gaziel. A partir de 2005 es Ediciones del Asteroide quien parte la pana en el operativo Nogales con la publicación de no pocas de las obras del reportero homónimo. De alguna manera llega a desatarse, de hecho, una nogalmanía: en las estanterías de las librerías florecen aquí y allá libros sobre su vida y su obra publicados por las más diversas editoriales. En el caso de A sangre y fuego se produce incluso un solapamiento: tanto la sevillana Espuela de plata como Asteroide publican sus propias versiones.

Y así, en el séptimo año de la crisis triunfal, Asteroide decide que ya toca ampliar horizontes y regalar a sus lectores con más de lo mismo, pero distinto: el volumen de crónicas De París a Monastir, de Gaziel. Y todos los cabroncetes morbosos que vamos buscando la mierda y el ridículo indecoroso hasta en los resquicios de los asientos para señalar acusadoramente, con un dedo impregnado de moco, nos corremos del gustazo. Oh sí.

Esta vez le toca a un tal Jordi Amat currarse el prólogo hagiográfico de turno. Perfil bajo, discreción, nombre desconocido: el indignómetro ni se inmuta (¡qué diferencia con Espada, Pericay o Trapiello!). Mas Gaziel no decepciona. La misma mala ostia que Nogales, la misma obsequiosidad hacia los poderosos, pero todo ello de buen rollo. Haciendo que suene razonable, sensato. Menudo gustazo:

[Gaziel describe la situación de Grecia en los comienzos de la primera guerra mundial y contrapone las figuras de Venizelos y el rey Constantino. El primero se la pone dura, muy dura] Pero vino la guerra europea, y el personaje decorativo y taciturno [Constantino] salió de los reales bastidores donde estaba relegado, para aprecer en escena. Venizelos, que tiene más todavía de apóstol que de gobernante, ni siquiera dudó. Por tradición, por instinto, por liberalidad de su alma y por entusiasmo, se inclinó inmediatamente hacia la Entente. Venizelos es un creyente ciego, fanático, en el triunfo de Francia e Inglaterra. Y, al mismo tiempo, al ver estallar el conflicto europeo juzgó llegada la hora de coronar el esfuerzo patriótico de toda su vida, devolviendo a Grecia la unidad nacional absoluta, reintegrándole los territorios asiáticos. Fiado en su prestigio y en su buena estrella, Venizelos quiso llevar en seguida [sic] a su pueblo a la lucha. Entonces el rey le salió al paso, y le segó los pies.

Traducción: el buenazo de Venizelos quiere aprovechar la contienda mundial para llevar a la guerra a un pueblo al que no tiene la menor intención de preguntarle qué le parece con el objetivo de recuperar por la fuerza territorios perdidos. Un irredentismo puro, violento y respetabilísimo, aunque a decir verdad

La inmensa mayoría del pueblo griego permanece apartada de la contienda. Resintiéndose todavía de las últimas dos guerras interbalcánicas, el pueblo heleno solo aspira a vivir en paz, a figurar como espectador pero no como partícipe en la guerra europea. 

¡Ah, los grandes gobernantes democráticos y sensatos!

Durante el período que Venizelos tuvo en sus manos los destinos de Grecia, cometió (más por imprevisión quizá que por pudor político) una gran falta de táctica. Si Venizelos estaba, como es indudable, convencido de que su pueblo debía ir a la guerra con los Aliados, ¿por qué no creó, con uno de esos golpes de audacia que resultan ser salvadores en determinados momentos, una circunstancia que obligara al pueblo helénico a tomar las armas?

¿Cómo? ¿Estamos entendiendo bien? ¿Está acaso diciendo el buenazo, demócrata, sensatísimo Gaziel que un gobernante democrático y guay no debe dudar a la hora de hacerse un autoatentado con el que justificar lo injustificable? No puede ser...

Venizelos sabía perfectamente que el pueblo griego no sentía, por sí mismo, el ardor bélico necesario para echarse al campo. Venizelos debía saber, también, que si data tiempo al rey Constantino para reaccionar, el monarca, germanófilo por convicción y por gusto, se opondría a sus planes. Al declararse la alianza germano-búlgara, y al decretar como consecuencia de ella la movilización general pero tan sólo expectante del ejército griego, a Venizelos no le hubiera costado nada provocar o «procurarse» un simple incidente de frontera entre las vanguardias helénica y búlgara, capaz de por sí solo de servir de chispa para prender el fuego de la hostilidad.

Ah, pues sí.

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