domingo, 25 de mayo de 2014

Calentamiento global para emprendedores

Imaginen, queridos lectores, que un buen día el capitalismo se escacharra. Que deja de funcionar, vamos. No me refiero a que genere miseria y grandes desigualdades, provoque guerras sangrientas por el control de unos recursos cada vez más escasos o desencadene graves crisis ecológicas. Éso es lo normal, lo natural, lo deseable. No, yo me refiero a una hipotética avería de cariz teleológico que condenase a las clases dominantes —y con ellas al resto de la humanidad, aunque ésto último, como es lógico, importa un pimiento— al más atroz de los destinos: ¡el colectivismo!

«¡No nos representan!»
 ¡Ésto no es lo que estaba planeado!, podría proclamar con indignación cualquiera de esos teóricos que, desde Mises hasta Reisman, tanto bien han hecho con su sofisticada —en realidad bastante ramplona, pero no lo digan muy alto que los del sector liberal se cabrean y tienen muy malas pulgas— defensa de lo injustificable. Y es verdad: según la teoría benéfica que propugna la conjunción de libre mercado y democracia liberal como el destino último de la humanidad, al capitalismo paternalista de corte renano —del que aún quedan algunos vestigios en el IV Reich— había de sucederle el capitalismo hiperavanzado propio de Espéin y de los Yunaited Esteits, ese curioso marco de producción y convivencia en el que ya ni se molestan en extraerle a uno la plusvalía porque pa qué. De aquí, y tras un largo y laborioso proceso de brasilificación, la riqueza y el dominio sobre los recursos naturales del planeta pasaría a concentrarse en unas pocas manos pprivadas que ya no necesitarían el apparato reppresor del Estado para defender sus ppropiedades. Estos highlanders podrían enzarzarse por fin en la ansiada disputa que habría de decidir quién es el amo y señor del universo. ¡Sólo puede quedar uno! Mas el triunfo de este emprendedor único y libérrimo estaría destinado a ser bastante efímero, a venirse abajo por la mano y la pistola de uno cualquiera de los matones al cargo de sus ejércitos privados. No por ansia de usurpar su puesto, sino por montarse las cosas a su manera, con sus hombretones de confianza. Por emprender, vamos. Como los chochenáguers son pésimos gestores, el futur del capitalisme global que aquel Erasmus se quedaba sin conocer en L'aubérge espagnole acaba siendo puro cyberpunk: un idílico escenario hobbesiano de sangrientas luchas entre señores de la guerra que viven del saqueo y el pillaje. 

El marco en el que se desenvuelve Snowpiercer, una cinta de acción basada en un cómic que saqué un día de la biblio y no tuve paciencia para acabar de leer, difiere bastante de esta estampa de somalización global. Resulta que en el año 2031 la vida es una mierda porque ya no es posible irse de vacaciones a Marina d'Or. Ni a Dubai. Ni, desde que en 2014 un experimento para frenar el calentamiento global desencadenara la cuarta glaciación, a ningún otro sitio. El mundo se reduce, de hecho, a un tren que traquetea sin parar por una vía circular que recorre todo el globo al ritmo de una vuelta completa al año. Y la humanidad, lo que queda de ella, viaja en ese tren, agrupada en compartimentos según su clase social. Una metáfora tosca de un orden social que conserva su vigencia pero que resulta denigrante para las clases dominantes. Porque no estamos hablando de un tren-cohete particular, individual y privado como el que usaba uno de los fanáticos rivales de Wimbledon Green para ir a la caza de los cómics más raros y exquisitos sino, en última instancia, ¡de transporte público! ¡De rikachos compartiendo compartimento con otros rikachos! Vaya kk.

«¡Calma, calma que habrá papeletas del PP para todos!»
 No es éste el único rasgo que desagradará a los espectadores de sensibilidad conservadora-liberal; pues resulta que, precisamente porque la división en clases es la que es y, como una señorona del PP nos recuerda varias veces con un discurso bastante burdo, resulta estúpido e inútil rebelarse contra ella —esto gustará sin duda a la gente que piensa y vota como dios manda—, falta un elemento básico para la mentalidad capitalista: la posibilidad, por remota que sea, de entrar a formar parte de las clases dominantes y joder a los que están por debajo mediante el emprendimiento, esa panacea que en el siglo XXI tan recurrentemente sirve al noble propósito de endilgarles a los pobres la culpa de su propia miseria.

Antes al contrario: la única posibilidad de entrar a formar parte de la casta consiste... ¡en liarse a cuchilladas con las UIP hasta llegar a la cabina para usurpar el puesto de maquinista! El conducător de turno es al mismo tiempo artífice del ferrocarril circunvalador y del orden social que impera en él. Responde al nombre de Wilford y por su discurso tiene más de James Taggart que de John Galt. De hecho es él mismo quien, enkantado de la vida, promueve lo de ser el califa en lugar del califa: alguien tiene que ocuparse de hacer perdurar su magna obra.

La cinta presenta no pocas dificultades para el espectador convencional. Para empezar, congraciarse con el argumento y las imágenes requiere tantas renuncias como cualquier obraza maestra de los Wachowski. Y no ya porque para tratarse de un tren sobre espacio y falte traqueteo, sino porque no hay ninguna necesidad de dar vueltas en tren. Joder, que el mundo entero esté cubierto de hielo vale pero ¿por éso hay que liarse a dar una vuelta al globo tras otra en tren? En un tren que, como descubrimos al final, va propulsado por un motor de movimiento perpetuo. Algo que desde 7º de EGB sabemos que es físicamente imposible. Pues bien, pese a todo el tal Wilford ha sido lo bastante listo como para diseñar uno, pero no para hacerlo de manera que el mantenimiento pueda hacerlo una persona normal, sólo personas pequeñitas. Para trastear los entresijos del motor Wilford necesita niños que obtiene de los vagones traseros, donde se hacina la población superflua que no vota PP. Y si seguimos el principio de que el escepticismo hay que dejárselo al acomodador antes de entrar a la sala y ya te lo devuelve luego, pues bien.

Educando a las élites del futuro
El problema de verdad viene por el hecho de que, para disfrutar la cinta tal y como está planteada, hay que ponerse del lado de los harapientos desharrapados que se rebelan contra el orden establecido y la toman contra las pobrecillas UIP, que sólo van provistas de hachas y fusiles ametralladores. ¿Pero qué persona en su sano juicio podrá ver con buenos ojos algo así? Item más, he aquí el director pretende que la deliciosa fanática jovencita de Nuevas Generaciones que adoctrina en las virtudes del orden social establecido a unos preciosos nenes que se materializan ante nosotros como salidos de un aula de Maristas ¡nos caiga antipática! ¿Puede estarse más perdido? Como se nota que el director ha dedicado poco tiempo a zampar gambas a la plancha con los oídos bien atentos en cualquiera de las gloriosas tascas de Espéin. Y no, lo de que sea coreano no es excusa.

Spoiler: al final el paliducho líder de los rebeldes consigue deponer al califa mas, lejos de okupar su puesto, e instigado por un drogadicto y su hija —que no paran de recibir tiros y cuchilladas todo el rato pero que ahí siguen como Mortadelo y Filemón—, revienta la puerta de entrada al tren con una explosión tan desafortunada que acaba provocando el descarrilamiento del tren y la muerte de todos sus okupantes en una masacre que ríete de la de Santiago. Sólo la hija del drogata y uno de los nenes esclavos sobreviven. Y allí quedan, en una desierta montaña helada donde sólo se mueve un oso polar, lo que algunos interpretan como una señal de optimismo porque todavía hay vida en la Tierra.

Executive Summary: lo de luchar contra el calentamiento global no puede causar más que problemas así que es mejor estarse quietecitos y poner un poquito más fuerte el aire acondicionado. En cuanto al orden establecido, pues puede ser un poco deprimente, pero aun así es mejor respetarlo porque de no hacerlo podemos irnos todos al carajo. ¡No somos nadie!

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