sábado, 3 de mayo de 2014

Lágrimas a chorrovisión, ¿sí o no?

Estas fechas, como todos los años desde hace la tira de ellos, una amenaza se cierne sobre los —por suerte cada vez menos numerosos— pobres infelices que todavía, pese a las contraindicaciones de la época, hacen gala de sensibilidad y buen gusto: el infame concurso de Eurovisión, esa aburrida sucesión de canciones pop descafeinadas en la que el único interés lo suscita adivinar qué países van a votarse entre sí. Las clases medianas, el pepero-perullismo y los cabroncetes morbosos como el que escribe estas líneas están en cambio de enhorabuena. Sí, amigos: todo apunta a que vamos a asistir a un revival de aquella mítica edición del 2002 en la que Rosa de Espéin, tras meses y meses de dar el coñazo, perdió con la subnormality aquella de Yurop is living a celebration, sólo para después deshacerse en lágrimas ante las cámaras y desaparecer por siempre jamás.


Puede argüirse que la pobre Rosa fue sólo un juguete en manos de las eminencias grises de Gestmusic —básicamente los de la Trinca—, que le extrajeron toa la sustancia y luego se deshicieron de ella cuando ya no les servía. También que la muchacha se prestó de buena gana al jueguecito y que la organización de un grupúsculo terrorista sin otro fin que el de acabar con su existencia y la de sus compañeros de academia —como el mítico Paz para nuestros oídos que esbozara Ibáñez en aquella legendaria historieta— habría estado plenamente justificada. Tanto da.

La cuestión es si la historia se repite o amenaza con repetirse. La cantante de turno es esta vez un cañón murciano y se llama Ruth Lorenzo. La misma decadencia de la televisión que presagia su gozosa desaparición final ha evitado que nos veamos arrollados por el hipermongolismo que se desatara en su día, y también ha hecho posible que, en el momento de escribir estas líneas, todavía no haya oido ni una sola vez la canción con la que previsiblemente perderá el próximo 10 de mayo. Lo que parece casi seguro es que, independientemente de lo patético que resulte todo —aunque cante en inglés no cabe duda de que se intentará retorcer el asunto para convertirlo en una celebración del español-mongolismo más rancio—, y a diferencia de Rosa de Espéin, no se desmoronará.

Uno de los columnistas de postín de La Verité Panoche, encendido defensor de los trasvases con destino La Región por Antonomasia (LRPA), sostiene que la pobrecita Ruth es sólo una jóvencita ingenua que resultará triturada por los engranajes inhumanos de la sucia Eurovisión. Enfúndome en un disfraz de Tío Pencho alquilado por unos centimillos para decirle ¡quiá! Nada de éso. RL no sólo es un pivón murciano, es una máquina de hacer dinero por el noble arte de colocarles mierda a los pardillos, como lo demuestra el trabajo desarrollado para la ong Polaris World en la mismísima pérfida Albión. Está curtida en no sé qué reality show de estos mongólicos y seguro que en mil fregaos más. No se sabe a qué tipo de presiones la habrán sometido como para tener que someterse a una cura de reposo a base de caballitos y marineras, pero saldrá indemne. Seguro. Y cuando todo haya pasado, oportunidades para engrosar las filas del Partido del Bien —es decir, el PP— no le van a faltar. ¡El Partido necesita sangre nueva! ¡Joven! ¡Fresca! Etc.

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