martes, 13 de mayo de 2014

Una pepera muerta, una subnormala menos

Supongo que a duras penas podéis leer estas líneas, nublada como está vuestra vista por lágrimas incontenibles. Sí, amigos, sí. La vida es perra. Una luchadora con carácter, que gracias a su esfuerzo personal consigue hacerse un huequecito en el Partido de los Ganadores y acumular innumerables cargos y nóminas a cargo del erario público —no confundir, ¡ojo!, con las típicas mamandurrias de ordenanzas, conserjes, profesores y médicos— ve truncada su carrera y su existencia (de alto standing) por un vil acto de venganza, de envidia. Vaya mierda.

Vaya mierda, sí: lo lógico y normal habría sido que una turba enfurecida de leoneses desempleados se abalanzara sobre ella para, tras golpearla hasta la muerte, colgar el cadáver de un árbol y ensañarse con él. Éso es lo que mandaría el sentido común, la sensibilidad humana: una puesta en marcha de las ruedas de la Historia tras decenios de estancamiento. Sin embargo, en esta sociedad inhumana en la que vivimos los únicos actos de justicia poética nos vienen de la mano de los mismos que merecen ser asimismo ajusticiados. ¡Oh edad nefanda!

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