sábado, 7 de junio de 2014

Tomamos nota

7. Andrés Calamaro

El argentino dice que nada, que como en su día juró lealtad al rey para obtener la espanis nationality —¿qué más da que no le quedara otro remedio porque así le era impuesto por la fuerza?—, pues lo suyo es hacer honor al juramento... en el marco incomparable de una corrida de toros de la Beneficiencia —más sobre el tema en breves.

Cuando a Andrés Calamaro le fue concedida la nacionalidad española, juró lealtad a la Constitución y al Rey. Y ayer superó con gestos lo dicho en palabras. «¡Viva el Rey! Lo grite pudorosamente ayer tarde y lo repito hoy. Si el rock tiene reyes y la tauromaquia los tiene, España tiene uno en tránsito hacia una jubilación real», ha dejado escrito en su página web.

Así pues, en lo sucesivo, ¿adivinan quién va a ir a los conciertos del monárquico y taurino rockero? Sí, efectivamente: los de nuevas generaciones. Porque no-subnormales lo que se dice no-subnormales, más bien pocos.

8. El profesor de francés extremadamente capaz Juan Carlos Rodríguez Ibarra

Señor sí señor. El sociata de postín JCRI, el mismo que dejara Extremadura tan hecha una puta mierda y tan sometida a las consabidas redes clientelares de chupópteros que la gente acabó por votar al PP en una suerte de huida hacia adelante destinada a acabar peor que la de Thelma y Louise, lo ha vuelto a hacer.

Su discurso se articula en torno a dos puntos fundamentales:
  1. No ser monárquico y pretender cambiar el Régimen que permite que ignorantes como él y sus amiguitos del pp, el psoe y el ibex35 sean la clase dominante es infantil:

    En España, el lunes pasado, el Rey Juan Carlos I anunció su abdicación y no había dado tiempo a que terminara su intervención televisiva y ya, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, se amenazó con poner patas arriba todo el entramado surgido con la Constitución de 1978. “Si se toca la Monarquía, que se toque todo”, parece ser el deseo infantil de algunos.

  2. Bueno, en realidad sí que podría ser aceptable pactar un nuevo orden de las cosas siempre y cuando la iniciativa partiera de las élites, que acordarían un nuevo marco sobre el que ejercer su dominio asfixiante y que, como una dádiva graciosa fruto de la magnanimidad que les caracteriza, ofrecerían a los putos ciudadanos de mierda para que lo refrendaran:

    La coronación del Príncipe heredero, Don Felipe de Borbón, ofrece la oportunidad de volver a intentar consensuar un nuevo acuerdo, donde las fuerzas políticas deberían sentarse, bajo el liderazgo del nuevo Jefe de Estado, para volver a saber qué tipo de exigencias y de renuncias están dispuestas a realizar para conseguir otro acuerdo institucional que nos permita volver a emprender el futuro juntos y con un importante grado de confianza y fiabilidad. Si del resultado de ese acuerdo se considerara necesario que las nuevas propuestas deberían modificar la Constitución de 1978, entonces habría llegado el momento de volver a dar la palabra a los ciudadanos para que se pronunciasen sobre el contenido de las mismas.
Una postura por cierto muy acorde con la de su partido, que no se sabe por qué parece que hasta el día de su (inminente) desaparición llevará los absolutamente inadecuados adjetivos obrero y socialista.

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