miércoles, 10 de septiembre de 2014

Debunking Tomáš Baťa

Si alguien sabía darnos a mí y a otros muchos cabroncetes viciosos la droga que necesitamos ése era el recientemente fallecido Jaume Vallcorba.

Esta bestia corrupia de la edición sabía muy bien —entre otras muchas cosas, claro— que lo que nos la ponía tiesa eran los países esos del Este. Y siempre estaba ahí para quitarnos el mono. Su Acantilado ha sido y con toda probabilidad seguirá siendo la editorial de referencia para yonquis del socialismo real y sus más o menos calamitosas condiciones de vida.

Algo así como Quaderns Crema, pero en pequeñajo. Desde fuera de Mordor se percibe Acantilado como la polla en verso. Luego se mete uno dentro a no sé qué y se da cuenta de que qué va, que Acantilado es una dádiva. Quaderns Crema tiene más y mejor, de los países esos del Este y de todo lo imaginable. Aunque curiosamente, y con ésto vamos llegando al hilo de este post, no tiene Gottland.

Gottland es un libro sobre la República Checa escrito por un polaco. ¡Miedín y satisfacción morbosa! Cualquier aficionado a lpedE sabe que en Polonia hubo y hay caldo de cultivo del güeno. Gottland en concreto arranca fuerte con una semblanza hagiográfica del buenazo de Tomáš Baťa. A este henprendedor los checos le deben los precios acabados en 9 —bueno, de no ser él algún otro habría acabado introduciéndolos, así que posiblemente no está bien reprochárselo—, un porrón de jornadas de trabajo dickensianas y la primicia del modelo Pocero de empresario hecho a sí mismo por sus kojones. El mundo le debe —a sus currelas más que a él, pero no le estropeemos la historia a Mariusz Szcygiel— zapatos. Montones de zapatos. Toneladas de zapatos.

Partidarios y detractores coinciden en pintar un retrato grotesco de este pionero del taylorismo. Los primeros enfatizan su fordismo —producción en serie + sueldos que permitan a sus empleados comprar sus productos + paternalismo penoso, cutre—, los segundos sus políticas foxconnianas.

¿Por qué Szcygiel le dedica la historia —yo entiendo que burlonamente— a Egon Erwin Kisch, del que se toma la molestia en recordarnos que era un escritor comunista (título que en polaco ha de equivaler poco menos que a violador de bebés)? ¿Porque osó hablar mal de él? Si espera que nos caiga mal, lo lleva crudo. Gracias a Minúscula le tenemos una bien merecida simpatía. Y gracias a Acantilado —otra clamorosa ausencia, de momento, en Quaderns Crema; cuesta poco imaginar que habría sido mucho pedirle a Marta Rebón que tradujera cada párrafo dos veces, y todavía menos que resulta difícil rentabilizar la publicación de un tocho de 2000 páginas que sólo unos pocos frikazos degenerados comme moi podrían querer leer— nos enteramos de que hubo quien habló peor

¡Sí! El henprendedor monomaníaco llevó a juicio al descacharrante Ilya Ehrenburg, ese peazo animal que estuvo en tos los fregaos del siglo y que a juzgar por sus memorias conoció a to hristo:

Cuando leyó mi crónica sobre lo que ocurría en Zlin, Bat'a montón en cólera y me llevó a los tribunales. El artículo se había publicado en Alemania, y eran los jueces alemanes quienes tenían que juzgarme. Bat'a hizo que me intervinieran el dinero de los derechos de autor que me correspondía por las traducciones de mis libros y la película.

Bat'a era aficionado a los pleitos e incoó dos procesos, uno civil y otro criminal. En el juicio civil me exigía medio millón de marcos (nunca en mi vida he visto semejante suma de dinero). En el proceso penal Bat'a reclamaba para mí una pena de prisión por difamación.

Contrató unos abogados excelentes. También yo tuve que recurrir a los servicios de uno. Encontré defensores: los obreros de Zlin. Me enviaron documentos y fotografías que confirmaban la exactitud de mi reportaje. Los obreros publicaban una revista clandestina, Bátovak, en la que describían los despiadados métodos empleados por el rey del calzado y la arbitrariedad de su policía. Presenté al tribunal la colección completa de la revista.

Con la publicación de las memorias de Ehrenburg se le hace justicia a Szcygiel. ¿Que era hipernecesario? Qué va. Ya hace tiempo que estamos acostumbrados a que vengan a subnormalizarnos para que nos caiga bien el fulano de turno, ya sea Amancio Ortega, Ramón Areces o Estif Llops, y quien más y quien menos se pone instintivamente en guardia ante las monsergas de siempre. Pero está bien que haya sido así, ¿no?

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