martes, 14 de octubre de 2014

En un lugar de la Manga

Descubro con satisfacción que uno de los paraísos naturales más emblemáticos de la region panoche es el escenario en el que transcurre la acción de una película desconocida y portadora de un simbolismo singular: el de una época dorada y pretérita que prefiguró, con mecanismos más bien toscos, lo que serían los rasgos característicos de otra época, a día de hoy menos pretérita, pero sin duda mucho más dorada. El boom de la konxtruxión que tuviera su comienzo en la victoria triunfal del Partido del Progreso y que se prolongaría durante 12 años de paz tiene sin duda en la visionaria En un lugar de la Manga una curiosa precuela.


Dirigida por Ozores y con figurantes de lujo como José Luis López Vázquez, Gómez de Bur, Gracita Morales y Concha Velasco, esta comedia musical resulta ser un fresco del desarrollismo de los años 70 auspiciado por los tecnócratas del Opus. El singular Manolo Escobar como protagonista y los posteriormente devenidos fascistas ultraconservadores Tip y Coll como terciarios completan un reparto específicamente concebido para que en una película ambientada en la Manga no se oiga ni un triste 'acho.


El argumento es sencillo: una poderosa constructora madrileña planea ampliar su complejo turístico-residencial en la Manga del Mar Menor. Todos los dueños de terrenos están deseando vender, salvo uno: un hombre mayor cuya renuencia, en principio no insalvable, se ve reforzada por la intransigente actitud de su hijo Casimiro (Manolo Escobar), un español de tomo y lomo que no está dispuesto a deshacerse de su finca (El Carro), a la que le unen poderosos vínculos sentimentales y donde tiene su fábrica de guitarras españolas.


Lo malo de El Carro es que se encuentra justo en el punto de paso hacia la zona de expansión. La empresa tiene 15 días para convencer a Casimiro de que venda o de lo contrario perderá las cantidades adelantadas a cuenta a los dueños de los otros terrenos, que por su inaccesibilidad resultarían inservibles.


En esta tesitura el histriónico gerente de la empresa (J.L. López Vázquez) se dirige hacia la Manga para ejercer presión. Le acompañan el infeliz y al mismo tiempo mezquino —después nos enteraremos de que ha estado pillando comisiones— empleado encargado de las compras de terrenos (Gómez de Bur) y su improbable novia, una jovencísima y atractiva Concha Velasco. Esta es una parte inverosímil —las mulheres buscan poder en los hombres y Gómez de Bur interpreta el clásico papel de pringao que realizaría a lo largo de toda su carrera— pero previsiblemente necesaria para explicar por qué una chica como ella habría de liarse después con un andaluz carca y con entradas que la mitad del tiempo habla en canciones.


El devenir de la película es fácil de imaginar: Concha Velasco intentando camelarse a Manolo Escobar para que firme, escenas rocambolescas con Gracita Morales y suecas rubias en busca de sol y latin lovers, canciones por un tubo. Sobre todo impactan las imágenes fantasmagóricas de una Manga todavía semivirgen, con sólo unos pocos bloques de veinte plantas, todavía perceptible en su calidad de secarral inmundo.


Los protagonistas —ya sean Gracita y Concha haciéndose confidencias o un Manolo caido en desgracia proclamando su españolidad al mundo entero, es decir, a toda Espéin, habida cuenta del público potencial de la película— aparecen en ocasiones superpuestos sobre este fondo, y no resulta fácil decir si Ozores nos lo muestra de manera casual o con alguna intención.


Porque el mensaje es sin duda poco correcto para los estándares de aquella época (y no digamos para los de la nuestra). Las fotos de la Manga inconstructa recuerdan poderosamente a las del Dubai de comienzos de los 80, todavía no convertido en un hub global de blanqueo de dinero, y constituyen el recuerdo de un mundo cuyo fin fue saludado con alegría por una oligarquía de banqueros y promotores elevados a la categoría de prohombres.


¿Es éso lo que quería Ozores? ¿Guardar esas imágenes para la posteridad? ¿O simplemente criticar la destrucción de toda aquella belleza —los secarrales poblados con hierbajos agonizantes pueden ser representaciones mentales de la belleza, sí— condenada a ser reemplazada por moles de hormigon con barandillas blancas?



Ambas cosas son posibles; la incorrección de Ozores, no obstante, no acaba ahí: cuando López Vázqueth y GdB visitan el taller de guitarras de Casimiro —que, si hemos de hacer caso a la canción que nos encasqueta justo al principio, tras los créditos, es un hombre pobre y sencillo— nos enteramos de que tiene dos empleados (Tip y Coll), que fabrican ocho guitarras a la semana y que si el jueves ya han acabado el viernes ya no trabajan. Atención. Ocho guitarras bastan para dar de comer a tres personas en estaa fabulación ozonírica.


«Podríamos fabricar más pero ¿para qué?» Conchita, en su encarnación del capitalismo desarrollado y lagartón intenta convencerle en vano de que venda su terreno para así tener más empleados, dar de comer a más gente y ampliar la producción.


Item más: Vázquez y Gdb intentan tenderle una trampa a Manolo. La trampa de las deudas. ¿Les suena? Como lo oyen: treinta años antes de que el endeudamiento masivo vinculado a la propiedad inmobiliaria hiciera posible que una cantidad de dinero sin precedentes cambiara de manos, Ozores nos pinta a un desesperado gerente ofreciéndole crédito a un pobre infeliz para lo que quiera. Por supuesto que con intereses ventajosísimos y a devolver en cómodos plazos.


¿Cómo hacer que cuele una visión no-apologética de la promoción inmobiliaria? ¿Cómo impedir que la censura cargue contra ese ataque a la ética del trabajo? Pues muy sencillo: intercalando cada pocos minutos canciones que constituyen una exaltación del españolismo más rancio y subnormal. El verdadero papel de Manolo Escobar es ése, y no otro: hacer posible que el tinglado cuele. Si Berlanga tuvo que ingeniárselas para relegar a un papel secundario a la gran Lolita Sevilla, Ozores supo maniobrar todavía más ágilmente por la vía contraria: Manuel es el prota, y cabe suponer que gracias a él, a sus pintas y a sus infumables canciones la película pudo pasar el filtro de la censura phranquista como si nada.

 
«En mi larga vida de negocios he tenido que tratar a menudo con tipos difíciles, pero en estos tiempos que corremos... todos tienen su cifra» La respuesta de Manolo, preludio de una legendaria canción, no se hace esperar: «Yo no; yo soy español, y antiguo»

 
Señores, yo soy un hombre del siglo XX pero español, que es tanto como reirse del mundo entero menos de Diooox y así sigue un buen rato. Apologías del subnormalismo como ésta se suceden ora en forma de canción, ora de diálogo, ora de reflexión. Y así, con una de cal y otra de arena se llega al clímax antes del final feliz en el que todos (por supuesto que incluida la constructora) salen ganando y ninguno perdiendo: con la ayuda de Conchita consiguen distraer a Manolo y su padre firma. Con 'El carro' ya en su propiedad López Vázquez se dirige a la finca encabezando una procesión de obreros con maquinaria de demolición. Frases pronunciadas con una sonrisa de lunático ilustran al espectador sobre el carácter total del principio de propiedad:

¡La he comprado con todo... hasta las hormigas son mías [...] el polvo, las florecillas, todo es mío!


Y ante la renuencia de los obreros a ejecutar la orden de derribo —algo que afortunadamente para las clases propietarias del siglo XXI no ocurre— él propio Vázquez se sube a la Caterpillar pertrechado con un casco de obrero para efectuar la demolición él mismo al más puro estilo israelí.

En la última canción el españolismo sirve de nuevo para atemperar una crítica a la estrategia opusina de desarrollo mediante el turismo:

Quiero recordarles a todos los presentes que el turismo, a más de divisas, trae inconvenienteeees...

Impagable.

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