miércoles, 15 de octubre de 2014

Flo Rida y la utopía Shore

La necesidad de hablar del que sin duda es el mayor artista occidental de los últimos 2000 años se hace imperiosa. Por suerte para la humanidad sus canciones del verano han quedado plasmadas en vistosos videoclips de alta definición que nos exhortan a practicar un estilo de vida global basado en la conducción de deportivos, la práctica de deportes de riesgo y la celebración de fiestorras multitudinarias plenas a rebosar de tías buenorras; y huelga decir que en el universo posmoderno de sus temazos la realización de vuelos intercontinentales es el pan nuestro de cada día. Quien tras el visionado de estos prodigios no sienta que también es joven y millonario, miembro de pleno derecho de una comunidad global de no sé qué, es porque no va bien follao.


Los iconoclastas de siempre intentarán ningunear la obra de Flo con objeciones de más bien poca chicha. Después, con una sonrisa de suficiencia, bastará con ponerles en el YouTube el fastuoso —aunque lamentablemente ya caduco— The Club can't Handle Me para que sus prejuicios pequeñoburgueses salten en pedazos al tiempo que la verga se les endurece ante un arrollador despliegue de riqueza, ingenio, juventud, energía y minifaldas.


Flo y otro colega que no vuelve a salir en todo el vídeo llegan en sendos deportivos al club donde se celebra una fiestorra en la que pincha David Ghetta. Ahí los vemos bajándose del coche con rostro grave, sus ojos ocultos tras unas gafas de sol, aunque sea de noche, y con un fajo de billetes en la mano que no dudan en arrojar a lo alto. A cualquier otro mortal, incluido Pablo Escobar, los billetes se le habrían soltado de una manera más o menos torpe y habrían tocado el suelo rápidamente, sin pizca de gracia. ¡Pero no a Flo! Para nuestro deleite los billetes forman una nube y descienden lenta y gracilmente al suelo, titilando como mariposas, en un momento mágico que curiosamente nadie se apresura a romper intentando cogerlos. ¡Es la alquimia de la Era Global!


Flo, que lleva tantas cadenas y oro como M.A., nos canta una introducción a coro con una chica que no sale en los créditos, y luego no duda en zambullirse en el tema. La fiesta se anima, las tías macizas botan sin parar, Flo rapea incansable mientras se marca los típicos ademanes raperos o salta sobre un pie al tiempo que desgrana una letra que habla de cómo a las chorbas se les mojan las bragas en cuanto huelen perras. Così fan tutte!

Las imágenes de rapeo y fiestorra se alternan con fragmentos de Step Up 3D, ese triunfo de la industria cultural de la Era Global. La coreografía de los peones camineros se intercala con la pelea-danza minuciosamente coreografiada de la pareja protagonista. Son momentos de una intensidad tan abrumadora que posiblemente se nos pasará por alto el mensaje para cuya transmisión están concebidos, a saber: el ansiado —por según quiénes— fin de la lucha de clases, escenificado con la reconciliación entre la aburguesada juventud urbana, que sólo piensa en divertirse, y las hordas proletarias que construyen las autopistas por las que circulan sus cochazos, sellada en impactantes imágenes rebosantes de energía; mucha más, desde luego, de la que es realmente necesaria, pues como todo el mundo sabe todo éso de la lucha de clases no es sino una categoría anticuada, caduca, un dinosaurio que, al despertarnos tras una breve siestecita, ya no estaba allí.


El fiestón avanza hacia su clímax, las cañerías revientan, las vesículas seminales no pueden soportar una tensión que se hace incontenible y fluye el champán, fluye un líquido blancuzco que lo inunda todo mientras la gente no para de botar y los bailarines plastificados de Step Up 3D se marcan el número final. Es grandioso, es espectacular, es una Gesamtkunstwerk, una obra de arte total. Flo no necesita que Adorno le escriba las canciones: le basta con su talento, su poderoso nabo y una licencia de Pro Tools.

En The Wild Ones nos teleportamos a uno de los escenarios más emblemáticos de la industria del entretenimiento en la Era Global: Dubai. Todo empieza con impactantes vistas aéreas de sus prodigios arquitectónicos, sobre los que Flo y compañía no tardan en saltar en paracaidas. Esta fiesta es más íntima: Flo, sus colegas y una cohorte de tías buenorras. Después vienen las típicas actividades lúdicas al aire libre: caballitos en motocicleta, conducción de quads, de lanchas... con el temazo sonando de fondo y Flo como animándonos a disfrutar de la fiestorra, cosa que por supuesto hacemos más convencidos que ni pa qué. ¿Acaso tenemos opción? La cámara se detiene unos instantes sobre la motranca que conduce para mostrarnos el logotipo de Bmw. Todo un gesto de humildad por parte de Flo. Es difícil decir por qué elige esta marca más bien proletaria en lugar de otra más glamourosa. ¿Tal vez porque le paguen por ello? Pero no, no tiene sentido. El verdadero motivo ha de ser necesariamente más profundo, más complejo.


Si The Wild Ones es espectacular no es tanto por el escenario como por sus mujeres: porque están más buenorras de lo que es habitual en sus videoclips —y es fácil imaginarse que el listón está alto— y porque son todo bellezas latinas y afroamericanas, incluyendo por supuesto a la propia Sia con la que canta a dueto. The Wild Ones es una utopía racial. No importa el color de tu piel, tú también eres joven, millonario y miembro de una comunidad global energética, de buen gustazo, que sabe divertirse y disfrutar de la vida. Y éso aunque estés pasando más hambre que Carpanta en un suburbio de SW L.A. que apesta a krakk.




Y así, poquito a poquito, llegamos a lo que es la culminación de su magna obra: el hit mundial Good feeling, que nos alegró el vigésimotercer verano de la Era Global. La arrogancia intelectual llevará a no pocos a desecharlo como un subproducto de la industria del entretenimiento, pero los que tenemos un poco de olfato para estas cosas y no nos dejamos engañar por la engañosa simpleza de las cuatro notas de siempre que se repiten sin parar sabemos que, para apreciarlo, hay que sacudirse los prejuicios y tener muy presente el vídeo, que no es disociable de la música.


En él vemos al buenazo de Flo, de Miami a París y vuelta. Dicen que Roth se movía entre las capitales del imperio austrohúngaro como Pedro por su casa. Flo tiene tan poco pelo como él, pero mucha más sofisticación y mucho mejor gusto en materia de mulheres. En este imprescindible videoclip Flo va, viene, usa tablets y smartphones, hace footing por una carretera abarrotada, festea, rapea, boxea como en una xilografía de Masereel, pero luego no le da yuyu existencial ni nada de éso. Y si le da, pues siempre hay tiempo para el relax: memorable la escena en que, embutido en su albornoz, se levanta de la cama del hotel de lujazo donde se aloja y cierra la tapa de la biblia que ha estado leyendo, con cara de convencido. ¡Ésto sí que sí, joder! No es difícil entender por qué este es el tema que eligieron para presentarnos al gran Labrador en el primer episodio de Gandía Shore, aunque olvidaran hacer mención de él —el subtítulo era un escueto Puerto de Sagunto (Valencia). La espanis franquicia, la matriz global, un mismo estilo de vida, una misma filosofía. Es un nuevo mundo con dos kojones en el que todos somos jóvenes, millonarios, y conducimos mejores cochazos y nos follamos mejores tías que el vecino. Que también es joven y millonario. ¿Entienden?

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