domingo, 19 de octubre de 2014

Kárate a muerte en la Manga

En las profundidades marinas se encuentran los misterios más recónditos de nuestra historia, desde barcos hundidos en naufragios catastróficos hasta civilizaciones perdidas sin dejar rastro. Estos restos humanos conviven en el abismo con seres monstruosos. Uno de ellos es Jocántaro, el monstruo mitad pulpo mitad centollo, el monstruo que destruyó la Atlántida; un monstruo al que muy pocos han visto; un monstruo que dormita en la costa de Torremolinos esperando ser despertado.


Así comienza la monumental Kárate a muerte en Torremolinos. Pedro Temboury se esfuerza en condensar en poco más de una hora todos los elementos habituales de las películas de terror de serie B, junto con dosis ocasionales de violencia gratuita y sexo cutre y adolescente. El resultado, probablemente imprevisto, resulta ser un fresco de los temores más íntimos del hombre de la Era Global. El inductor es seguramente el mito lovecraftiano por excelencia, Cthulhu, que convenientemente fusilado a la andaluza adopta el nombre de Jocántaro. Si Lovecraft nos hablaba del miedo al inmigrante, al holocausto nuclear y a un pasado que tal vez fuera entrañable, pero que de puro remoto ha devenido siniestro, Temboury ahonda, sin saberlo, en los males de nuestro tiempo: la renuncia del estado a seguir ejerciendo su tutela sobre la vida pública, dejando vía libre a todo tipo de vividores y "emprendedores", y los cantos de sirena de aquellos embaucadores que proclaman el caracter redentor de la tecnología.

El argumento no tiene sentido, pero al menos es simple: el perverso y argentino doctor Malvedades resucita a cinco ninjas cuyos cuerpos reposan en el fondo del mar frente a Torremolinos. Lo que pretende es que le ayuden a secuestrar cinco vírgenes recién folladas que precisa para el ritual mágico que habrá de despertar a Jocántaro quien, casualmente y al igual que los ninjas, dormita en la costa de Torremolinos.

Como se trata de ninjas resucitados lo más lógico es que además sean zombies. Así se consiguen los ingredientes necesarios para un film de estas características: escenas de lucha (cutres) y gore (aun más cutre). Lo que Pedro quiere es, naturalmente, regodearse en la cutrería de las imágenes que nos ofrece, pero tanto las coreografías como los efectos especiales palidecen ante la cuidadosa redacción del guión. Y es que las palabras están elegidas una por una para imitar el estilo ampuloso de los narradores de las películas de misterio, de los noticiarios, de las alocuciones de los grandes hombres... mas el discurso suena completamente logsificado gracias a una serie de recursos —errores gramaticales y, sobre todo, colocaciones incorrectas e inversión de usos— manejados con increíble habilidad. Así, por ejemplo, al poco de comenzar, el doctor Malvedades les espeta a los ninjas con total naturalidad: ésta será nuestra guarida, esbirros. ¡Es genial!


Para construir el ritmo narrativo Temboury se ayuda de canciones, escenas de lucha y fragmentos de noticiarios y programas de televisión, en ocasiones con bastante torpeza. Por ejemplo, nada más concluida la intro que acompaña los créditos del comienzo —bastante larga—, sólo la citada frase del doctor Malvedades nos separa de la primera de las canciones. Saaanto, saaanto, saaanto es el surf. Llenas están las playas y las holas de su gloria. Benditos los que vieeenen a las playas del surf... En En un lugar de la Manga cometen un error similar. Allí la canción sirve para introducir al protagonista. Aquí en parte también, porque nos muestra al surfero católico Jess en su moto, camino de la playa. Antes de su sesión de surf diaria hace escala para visitar al padre Fernando, que preside la hermandad de surferos católicos de la que forma parte. «Surferos católicos contra el desmadre sexual», reza la pancarta frente a la que Fernando monta guardia no se sabe muy bien para qué.


    Hermano Fernando, Danuta me ha pedido sexo, y no es la primera vez.

El padre Fernando le responde con gesto severo:

    —Hermano Jess, romper tu voto de castidad sería como quebrar tu propia fé.
    —Pero entonces... ¿entonces qué hago?

El rostro del padre Fernando se ablanda para pronunciar el nombre de las tres nuevas virtudes teologales que habrán de preservar su castidad:

    —Valor, fortaleza... y paciencia.


La primera pelea sin sentido la protagonizan los ninjas zombies contra unos karatekas que, no se sabe muy bien por qué, se ponen como a entrenar en plena calle a las órdenes de un profe chino que al parecer no sabe nada de kárate. Previamente había sido secuestrada la primera de las vírgenes recién folladas. Ésto es suficiente para justificar el primer interludio: el programa televisivo del doctor Orloff —es difícil decir si la elección del nombre del representante de la GPU en Espéin durante la guerra civil es casual—, con dos ilustres invitados para la ocasión. Aquí la destreza del guionista para imitar el lenguaje balbuceante y mongólico de la Era Global resulta deslumbrante:


    —Yo quisiera un poco alentar el problemaa... me han dicho que hay fuerzas malvadas detrás de todo ésto. Usted que es un estudioso de las fuerzas malvadas, por favor, ¿puede contarnos algo sobre todo ésto?

Pero el subcomandante Bermuda —cabe suponer que sea un guiño al subcomandante Marcos— no parece tomarse el asunto demasiado en serio. Mejor probar suerte con el otro invitado al programa, que parece más formal:


    —Usted, señor Matías Pollo, tuvo una serie de fotos que dieron la vuelta al mundo, unos reportajes bastante aventureros, y de repente en uno de estos telerreportajes usted desapareció durante muchos años y ha vuelto ahora un poco aquí a Torremolinos de golpe a investigar. ¿Qué le pasó?

    —Pues estaba yo buceando en las profundidades abisales de la Carihuela buscando bestias marinas y mitológicas cuando mi bomba de oxígeno se rompió y me vi sumido hacia el fondo y sometido a presiones inhumanas, que me rompieron la columna por siete partes diferentes.

El doctor Orloff no puede sino sacudir la cabeza con pesar.

    —Tremendo, tremendo.

Cuando sale el tema de Jocántaro —es una de las leyendas que tenemos más misteriosas— el subcomandante Bermuda no puede evitar manifestar su escepticismo:

    —Cómo se les llena la boca a los torremolinenses cuando dicen Jocántaro.

Mas Orloff no se deja provocar e interpela a Matías Pollo, que responde con voth trémula:

    —Y si Jocántaro despierta ¿qué hará? ¿Qué podría pasar?
    —El caos. El fin del mundo tal y como lo conocemos.


Entretanto la asesora —según los créditos: comisaria de policía— Rosalie, caracterizada con un acento guiri de una cutrería a la altura de la ocasión, pone al día al alcalde durante una partida en el campo de golf:

    —Bien; según testigos tenemos un comando karateka muy peligroso. Se trata de unos ehhh karatekas desconocidos. Unos dicen que van, que son caníbales; los otros dicen que son espíritus malignos.

El alcalde no se conforma con éso. Quiere datos fiables y quiere una solución. La nerviosa Rosalie necesita su carpeta para mostrarle lo que ha encontrado, pero la excitación le impide encontrar las palabras adecuadas

    —Portfolio, portfolio

Así se dirige a Romerales. Éste, en uno de los momentos culminantes de la película le responde que

    —Sí, sí, folios.

y le alcanza la carpeta.


Aun si el presupuesto sólo hubiera dado de sí para rodar hasta aquí ya sería más que suficiente. Pero la película sigue, sigue. Pues Rosalie quiere presentarle a Chuck Lee: ex-marine, seis veces campeón del mundo de kárate. Mercenario. Cazarrecompensas.


Es decir, la busca y captura de cinco karatecas no se confía a las fuerzas de seguridad del Estado, ni tan siquiera al ejército: el ayuntamiento de Torremolinos contrata a un mercenario cuyo nombre es la fusión de Chuck Norris con Bruce Lee para resolver un problema de orden público. El mensaje está claro: en la Era Global el estado ya no es capaz de ofrecer a sus ciudadanos la protección que necesita. La defensa frente a la amenaza ninja ha de proporcionarla el sector privado. Este mensaje lo refuerza el alcalde tras ver cómo Chuck —que ha venido desde Estados Unidos en helicóptero— acogota a uno de sus asesores:

    —Joder, por fin un hombre eficiente. Si toda la policía fuera como usted en Torremolinos no pasaría lo que está pasando.


La acción da paso a la siguiente escena, en la que vemos a Jess en la playa. Allí está Manolo, que parece ser el típico jincho que va por ahí intentando conseguir cigarrillos y bebida gratis. A Jess le pide una calada de su porro.

    Tú sabes Jess, tú eres el único que me trata como un ser humano. Y por éso te voy a contar la leyenda de Jocántaro. Antes que los hombres dominaran estas tierras existió una raza de temibles guerreros acuáticos, los mismos que acabaron con los dinosaurios. Y el más temible de todos estos seres vivía aquí, en estos arrecifes. Me recuerdo hasta hoy los cuentos de mi abuela sobre estos... monstruos. En sus correrías nocturnas contaban más de cientos como sus víctimas. Lo llamaban la noche de Jocántaro.


Un primer plano del rostro de Manolo con sus ojos iluminados por pupilas de gato deja al espectador sumido en profundas reflexiones —¿antes de que dominaran aquellas tierras? ¿Su abuela vivía entonces?—, para sacudirlo brutalmente poco después. Pues lo que viene es nada menos que una entrevista con Chuck Lee para Tele Torremolinos. El ex-marine, karateka y mercenario resulta ser un hombre de pocas palabras:


    —Puedo decir que he venido para matar a esos hijos de puta; es para lo que me han contratado y nada más.

Pero ¿quién es Chuck Lee? ¿De dónde viene?

    —Vengo de Estados Unidos mas, no importa. Sé a lo que vengo, y éso es suficiente. Vengo a matar a esos hijos de puta, ¡quita!


Tal es el ímpetu guerrero y el afán de justicia de Chuck que no puede evitar mandar a paseo al reportero para liarse a patadas y puñetazos... al aire. Lo que la policía no ha logrado en todo este tiempo lo consigue él poco después, sin esfuerzo aparente: pillar a los dichosos karatekas zombies con las manos en la masa:


    —¡Soltad a la chica, hijos de la puta!


El fin de Chuck Lee es más que previsible. Lo que ya no lo es tanto es la deliciosa incongruencia que supone su cabeza cortada sosteniendo una cinta VHS. Tal regalo le remite el doctor Malvedades al alcalde. Uno no se explica de dónde sacan en el ayuntamiento el reproductor necesario para reproducir esa reliquia del mundo preglobal. El vídeo en sí es bastante decepcionante y muestra al doctor Malvedades diciendo básicamente nada. Se despide así:


    —Adios, seres despreciables.

El alcalde pide ideas, pide soluciones a sus asesores. Uno de ellos se ha fijado en un anuncio en prensa del doctor Orloff:

    —Yo, como consejero de crisis locales de alto rango, aconsejo acudir a un especialista en la lucha contra el Mal.


Una vez más la autoridad pública no puede aportar una solución. Los asesores de alto rango sólo son capaces de delegar, de subcontratar. Es el declive del estado y su sometimiento a las reglas de los negocios privados. El mensaje es muy claro y queda aun más reforzado con las palabras del alcalde:

    —Tenemos problemas de cancelaciones hoteleras. Los casinos están vacíos. ¡Ah!, sin contar con la imagen exterior que estamos dando. Ah, y luego está el problema de estas chicas... pobrecillas.


La moderna tendencia a gestionar los ayuntamientos como si de empresas privadas se tratara queda así hermosamente retratada. Si un negocio privado atraviesa dificultades es algo que nos incumbe a todos. Tenemos problemas. Las consideraciones económicas —beneficios privados— adquieren preponderacia sobre todo lo demás —esas chicas... pobrecillas.

El doctor Orloff, al igual que lo fuera Chuck, no tarda en ser contratado:

    —Hola, buenos días, soy el doctor Orloff. Ya me han comentado los funcionarios de qué trata el problema y he venido a solucionarlo. Éste es un aparato revolucionario, el Orlophone, que nos ayudará a combatirlo. Actualmente todavía no está en ensamblaje final pero todo señala que será un éxito.


En un giro genial cargado de un alto simbolismo el alcalde asume con total naturalidad la conveniencia y necesidad del Orlophone. La solución a los problemas viene dada por la tecnología. Lo que hay de cuestionable en Orloff no es su aspecto, no es su discurso, no es su florete de espadachín ni su ridículo artilugio mágico: es la falta de disponibilidad del propio cachivache, cuya necesidad e infalibilidad se dan por supuestos:

    —¡Esto es el colmo! Yo en el hoyo dieciocho, tres hoyos bajo padding y pateando para verde, ¿y me traeis al colgado este que ni tiene preparado el instrumental ni nada? ¡Qué falta de profesionalidad!


La presión del time to market trasciende así el mundo empresarial para revelarse un elemento inherente a la modernidad. Pues en la Era Global todo tiene que ser rápido, instantáneo. Cuando en la mente de un consumidor o de un directivo de una empresa se instala un deseo ha de ser satisfecho ahora, ya, ipso-facto. Las noticias tienen una caducidad inmediata, los conocimientos revisten utilidad durante un período sólo un poco más largo y enseguida devienen desechables. En estas circunstancias ¿a qué dedicar largos años al aprendizaje de un arte marcial oriental? Mucho más lógico es que el espíritu Amiyaki se les manifieste a los miembros de la hermandad de surferos católicos y los prepare para la terrible confrontación con las fuerzas del Mal que se avecina:


    —Yo soy el espíritu más preclaro y visionario de todos los tiempos. Amiyaki, o sea yo, yo os enseñaré en veinticuatro horas todos los secretos del kárate.


Es decir, los espíritus se caracterizan por ser preclaros y visionarios. Y Amiyaki es, casualmente, el más preclaro y visionario de todos. En cierta manera así ha de ser, si en veinticuatro horas sus inusitados discípulos han de aprender todos los secretos del kárate.


Y vale más que se den prisa, porque Danuta —una hermosa mulata, aunque su nombre sea polaco, su madre andaluza y su apellido ni se sabe— una mañana se despierta sedienta de sexo y no puede soportar más tiempo la carga del voto de castidad de su novio Jess —hasta los veinticuatro años nada menos. Secuestrada por los karatekas nada más recién follar, pasa a completar el elenco de vírgenes que precisa el doctor Malvedades para consumar su invocación a Jocántaro. El nuevo secuestro sacude a la localidad y el alcalde tiene ocasión de presentarse ante los vecinos para dar explicaciones:


    —La culpa de ésto la tiene la droga. La droga y el gobierno central. Sí. Pero yo... he buscado una solución. Y la solución está en el doctor Orloff. Y él se encargará de erradicar el crimen en esta ciudad.

El doctor Orloff toma la palabra:


    —Debo de deciros que nuestra pequeña Danuta Vollgiven es un producto de las ansias megalómanas de un doctor malvado. He venido aquí a solucionarlo. Y gracias a este aparato —no se impresionen demasiado, es el Orlophone, un aparato especialmente diseñado para luchar contra la maldad— lograré acabar con el peligro y la desolación que imperan en esta ciudad.

La invocación a Jocántaro del doctor Malvedades que presenciamos a continuación es demencial:


    —¡Oh Jocántaro! Te ofrezco estas chicas como ofrenda a tu poder; cinco vírgenes adolescentes te enterraron en el mar, cinco putas adolescentes te liberarán. ¡Oh Jocántaro, sal de las profundidades!

Y aún añade ¡Gabba! ¡Gabba! como fórmula de invocación —¿homenaje a los Ramones o a la música industrial?


Al final todos resultan decepcionados. El Orlophone los guía a duras penas hasta el doctor Malvedades, pero no sirve de nada. Malvedades se sale con la suya, pero sólo para caer víctima de Jocántaro al más puro estilo lovecraftiano —los adoradores de los primigenios también perecen a sus manos (o fauces, o garras) cuando triunfan en su propósito de despertarlos. Jess no consigue consumar su cópula con una Danuta convertida en zombie. El único triunfador es Jocántaro, que liberado de las profundidades se entrega viciosamente a su tarea de destruir el mundo. Como seña del fin de los tiempos, y para que todo sea más terrorífico y más serie B, unos extraterrestres hacen su aparición y los muertos salen de sus tumbas. Tales eventos nos muestran los títulos de crédito acompañados por una delirante canción de Doctor Explosión.


Es un monstruo juguetón con ansias de matar, su poder de destrucción amenaza la ciudad. ¡Jocántaro!


Mas al final sólo Jocántaro prevalece.


Mitad pulpo y centollón, este horrible animal... tiene un aire muy guasón, pero te asesinaráaaa... ¡Jocántaro!

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