sábado, 4 de octubre de 2014

Otoño de 1977

Es uno de esos must-see cuyo comienzo se hace duro, durísimo. Y éso que es de un interés más que indudable. Deutschland im Herbst requiere, éso sí, de una guía de visionado o de lo contrario acaba uno más perdido que una espais girl en un txamizo yonkies.
 

DiH puede verse como un documental, aunque en realidad es una ficcionalización con imágenes de archivo. Distintos directores presentan su punto de vista sobre el ambiente —percibido por ellos como, juas juas, asfixiante— de la Alemania del otoño de 1977, punto álgido del terrorismo de la RAF.


Asfixiante, lo que se dice asfixiante, la primera media hora que sucede a las imágenes del entierro de Hans-Martin Schleyer —el jefe de la patronal—, en la que el cuestionable R. Fassbinder se pelea con su novio medio analfabeto —acabaría suicidándose tras la ruptura con Reiner—, fuma un cigarrillo tras otro —especialmente durante la conversación telefónica con la que pretende impedir que su publiquen ciertas declaraciones suyas que lo revelarían, a ojos de la gente de bien, como amigo de la ETA— y discute con su madre. Éste es el tour de force de la película: si conseguís aguantar la imagen de un gordo lampiño —¿peludo sería peor?—  que fuma sin parar, masculla las palabras de manera ininteligible y se rasca la picha mientras telefonea en bolas, el resto está chupado. Porque es ahí, tras la noticia del asalto al Lufthansa 181, cuando por fin se entra en materia: la discusión con su madre —otra fumadora compulsiva— pone de manifiesto el ambiente de histeria en el que supuestamente está sumido el país entero; la buena mujer justifica, al igual que Armin, el uso de la violencia extrema contra los terroristas, y también la creación de leyes especiales para proceder contra ellos. Fassbinder está fuera de sí, lo que no le impide tenderle una trampa a su madre en la que ésta se cae con todo el equipo:

    —Democracy is the most human form of government, isn't that right?

    —Well, it's the least of all evils.

    —The least of all evils?

    —Yes. Right now it's really an evil.

    —Democracy? What would be better, something authoritarian?

    —No. Right now, here...

    —Yes, what would be better? If it's the least of all evils, then perhaps there must be, I don't know, something good? What would that be, then?

    —The best thing would be some kind of authoritarian ruler who is good and kind and orderly


Ahora recapacitemos. Fassbinder percibe como asfixiante un período de unos pocos meses en los que la gente se vuelve histérica. ¿Cuántas cajetillas de cigarrillos habrían caído de haber vivido en la ultradesarrollada Espéin durante nuestros peculiares años de plomo? Hablamos de un país en el que aun hoy se pueden leer titulares como éste.


De pequeñajo Johannes R. Becher pensaba que los de la ETA eran unos cagaos, unos inútiles y unos vagos. ¡Buah, si yo fuera terrorista estaría cometiendo atentados continuamente, todos los días! Era vagamente consciente de que éso de organizar atentados podía resultar complicado, pero tampoco había pa tanto. De lo que sí era más consciente era de que podría no resultar conveniente exponer esta sofisticada opinión en público. Un chico listo.

Más adelante aprendería que gente absolutamente normal, tipos con los que uno era capaz de pasar un buen rato de cháchara, tenían una visión sorprendentemente positiva de los energúmenos que se dedican a romper cráneos en las manifestaciones. Y del ejército, la legión, la guardia real y la madre que los parió a todos, no digamos.

Después experimentaría la histeria, como cuando una tetona de la Politécnica le saltó en una ocasión con una expresión de rabia incontenible, no se sabe a cuento de qué —probablemente de nada— que yo a esos terroristas los mataba a todos.

Una histeria omnipresente: en las escuelas, en los bares, en los máss-mierda, en la calle. Y no limitada a unos meses. La histeria en Espéin duraría treinta años. El inopinado cierre de ETA S.A. daría al traste con todo y pillaría a muchos a contrapié. Tardaremos mucho tiempo en saber, si es que alguna vez se da el caso, si los pocos miembros no pertenecientes a las FSE que quedaban ya estaban hartos de dejarse mangonear, o si es que por algún inexcrutable motivo en los círculos de inteligencia habían llegado a la conclusión de que el PP ya no necesitaba de sus servicios. A saber. Entretanto podemos especular con qué tipo de película habrían rodado Fassbinder y compañía de haber vivido el estreno de La pelota vasca o el juicio contra Juana Chaos.


Un (otro) fragmento fascinante: la entrevista al mismísimo Horst Mahler en el trullo; inusitadamente lúcido —no como últimamente— nos presenta este análisis de la histeria:

...we have to ask ourselves how is it possible that this society, which we criticised to the core over and over again, whose rottenness we'd diagnosed many decades ago, why is this society still in such a strong, feigned and insuperable position to react against us? This was very theoretical and not based in the real world, and, therefore, detached from the consciousness of the people, who were in no way ready to fight against the social conditions of this state or support a war against it.

At that time we were not aware of it. Otherwise it would never have come to the launch of this political action, if we can call it that.

He ahí uno de los mitos fundacionales de la RAF: la pretensión de que, mediante la lucha armada, conseguirían hacer aflorar a la superficie el carácter profundamente fascista de la socialdemocracia alemana, de manera que resultara evidente para todos. Naturalmente que provocar con las armas a un Estado profundamente fascista no parece el colmo de la inteligencia o la sensatez; suponer que los ciudadanos de un Estado semejante serían capaces de entender algo ya es de delirium tremens. Y éso haciendo las cosas bien. Si en lugar de éso se hace el ridículo estilo Acción Mutante... en fin...

And the subsequent developments up to the Schleyer kidnapping, and even more importantly, Mogadishu, the actual focal point of the problem, these events laid out the grounds for this crisis, which I see as the crisis of the Left, the Left's consciousness, and are now hitting our consciousness as an actual crisis.

The developments are perceived as our weakness, and therefore a component of our criticism. And the dramatic effect becomes clear because of the contradiction that, on the one hand, we started out by protesting and fighting against imperialism where we, for example, went to the streets to protest about the massacres against the Vietnamese people at My Lai, but now must see members of the movement, in an attempt to free prisoners with whom the people can in no way identify, hold hostages, defenceless civilians who are completely uninvolved, among them women, children, and elderly. That is, they threaten to massacre them without apparently even having asked the question if this has anything at all to do with leftist politics. 

Y es que en ésto Meinhof&cía. estaban adelantándose a su tiempo. Habría que esperar a 1999 —Mátrix— para que se pudiera proclamar bien alto, sin miedo a represalia alguna, que los ciudadanos que le siguen el juego al systema y pasan de follones constituyen un remanente de pseudointeligencia biológica superflua que se puede eliminar sin miramientos.

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