miércoles, 8 de octubre de 2014

Teniente Ripley: «¡Claro, traigan p'adentro al infectao, ningún problema!»

Johannes R. Becher recuerda que el paso al segundo ciclo de la EGB —aquel systema educativo absurdo que permitía que criaturas inocentes abandonaran la escuela con la capacidad de leer y entender textos de mediana dificultad— trajo consigo un reencuentro y una sorpresa: una nueva versión de un viejo conocido, la fábula de la cigarra y la hormiga.

Aquel Esopo Reloaded era sustancialmente diferente al original. La hormiga, lejos de abandonar a su suerte a la cigarra, la acoge en su casa y le proporciona alimento en agradecimiento por las canciones con las que le ha alegrado la vida durante el verano. Detrás de tamaño sinsentido es fácil adivinar la mano de un equipo de pedagogos progresistas que, acertadamente por lo demás, habían interpretado la fábula clásica como un instrumento al servicio de unas élites cada vez más conscientes de su propia fuerza y cada vez más deseosas de moldear la sociedad conforme a sus puntos de vista.

¡Metan al cura, rápido!

8 de agosto de 2014, vigésimo quinto año de la Era Global, Espéin: la ministra de sanidad es la Teniente Ripley de una reinterpretación buenista de Alien el 8º pasajero en la que un misionero —un curilla, vamos— que está en Sierra Leona ha pillado el ébola. Hace algo menos de un año que se ha aprobado la normativa que priva de derecho de asistencia sanitaria a aquellos espanis súbditos que lleven más de tres meses en el extranjero sin cotizar a la seguridad social, pero el gobierno decide mojarse y enviar un avión para traérselo pa casa. ¡Es la Iglesia, estúpido! Un guiño destinado a una de las instituciones más cavernarias y nocivas de la primitiva e ignorante Espéin —ex-aequo con la Ceoe y el Círculo de Empresarios— y también a los diez millones y medio de subnormales personas sensatas que les votan ya llueva o haga sol. Quedar bien no cuesta nada. Bueno, sí que cuesta algo, pero tras amagar con un los gastos de la repatriación los pagará la orden religiosa del infectado destinado a tapar bocas, un ufano presidente, que al menos en apariencia no se encuentra en estado de embriaguez ni bajo el efecto de las drogas, proclama con voz engolada que ésto lo pagara el gobierno, es de sentido común. Las masas peperas rugen de satisfacción y los de «el muerto al hoyo y el vivo al bollo», que tanto habían protestado por el intolerable gasto que suponían las exhumaciones propiciadas por la ley de Memoria Histórica, ni tan siquiera se molestan en justificar ante sí mismos por qué este caso es distinto.

¡Hubiera sido tan injusto obligar a la pobrecilla Orden Hospitalaria de San Juan de Dios a correr con los gastos! Por éso, para evitar injusticias, a Miguel Pajares le sigue Manuel García Viejo. Otra repatriación a cargo de su sufrido bolsillo, querido lector, y otro deceso en un hospital que, por obra y gracia de los recortes hipernecesarios para salvar los bancos que constituyen la base de nuestro bienestar, ni estaba preparado para un caso así ni contaba con personal cualificado.

Y todo iba bien hasta que una auxiliar de enfermería, que había tratado a M.G. Viejo en el Carlos III —en Espéin persiste tozudamente la costumbre de ponerles nombres subnormales a los edificios públicos— y que hacía poco había estado opositando en un edificio de la facultad donde daba clases Pablo Iglesias, desarrolló la enfermedad. ¡Kaox! ¡Desturzión!

Hacía falta un culpable. Alguien a quien cargarle el mochuelo y sobre quien descargar la ira del populacho. Lo ideal habría sido cargar contra la enfermera, pero habría quedado un poco en entredicho hacerlo cuando todavía estaba en una situación de vida o muerte. ¡Qué diferencia con el afortunado caso del Alvia, donde el conductor apenas sí sufrió unos rasguños y por tanto se lo pudo mortificar desde el primer día! ¿A quién entonces? A ver a ver... ¡venga, éste!

Y éste resulto ser un coqueto American Stanford de nombre Excálibur. Una víctima ideal que no podía defenderse, ni twittear, ni hacer declaraciones a unos medios no se sabe por qué cada vez menos ultraamigables e hipercomprensivos con las políticas del gobierno.


Guay, ¿no? Algo así no podía sino empujar a las masas peperas a votar PP todavía con más rabia e intensidad en las próximas elecciones, siendo como es su lema ¡vivan los fuertes, mueran los débiles jos de puta! Pues no.

Hete aquí que, contra todo pronóstico, no pocos peperos se lo toman mal. Hablan de no volver a votar al PP en las próximas. Hablan de matar a la ministra y a todos los responsables. Ni los rescates a la banca, ni los recortes, ni los desahucios, ni los papeles de Bárcenas, ni los correos de Blesa, ni los mil y un casos de corrupción urbanística y de la otra, ni los indultos... es un dulce perrito el que consigue lo imposible: que un pepero le dé la espalda a su Partido.

Nunca tan pocos y tan inútiles consiguieron engañar a tantos durante tanto tiempo con unas mentiras tan burdas. Mas ahora ¿peligra el 35% que Pedro Arriola pronostica que el PP necesita para hacerse con la mayoría absoluta en los próximos comicios? ¿Será Excálibur quien dé al traste con una victoria que estaba cantada?

Yo creo que no, que llegado el momento las hordas peperas votarán obedientemente a quien hay que votar, pero la suerte está echada y todo éso.

Actualización: al final da igual que la enfermera esté infectada, van a por ella. El público pepero está sediento de sangre y ahora quiere más, woooooo, ahora pide más, woooo-o.

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