jueves, 20 de noviembre de 2014

La muerte os sienta tan bien

Ah, la muerte ha de ser algo en verdad maravilloso, a juzgar por cómo hace buena incluso a la infragentuza más despreciable. Samaranch, Fraga, Peces-Barba, Suárez, Botín, Isidoro Álvarez... una retahíla sin fin de nombres que marcaron a una época y varias generaciones con el marchamo de la subnormalidad. Todos acumularon suficientes méritos como para ser descuartizados con tenazas candentes en vida, todos murieron cómodamente en su cama. Los lloró un nutrido séquito de plumillas a sueldo devenidos hagiógrafos. Y los que, mientras nos decían que no había dinero para tratarnos el reúma, veíamos la vida, los ferraris y los millones pasar —un 99%, según las últimas estadísticas— tuvimos que tragar con toda la mierda. No pocos —ese setenta y pico por ciento de la población que sistemáticamente vota con más sentido de Estado que el presidente de la patronal— lo hicieron con gusto. Alguno hasta se corrió.


Ahora le ha tocado el turno a esa horrenda abominación conocida como duquesa de Alba. Otra muerte patética que llega demasiado tarde, otra ola de reverencias póstumas en las columnas de los periódicos, otra eclosión de subnormalidad, de retardomentalismo.

¿Se acuerdan de cuando los «socialistas» colmaban de medallas a la finada? ¿No? Pues no fueron ni una ni dos. Consulten google, ese oráculo de la modernidad, y flipen pepinillos. El espectáculo de ese subresto de la era feudal siendo condecorado una y otra vez por unos tipos que, no por legislar para la Ceoe y el Vatikano renunciaron ni a la s ni a la o, pasará a los anales de la historia. Sin duda. Sólo queda ver bajo qué epígrafe.

Muerta está. Pero debería haber muerto antes. Y, sobre todo, debería haber muerto de otra manera.

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